jueves, 20 de julio de 2017

Morena: el costo de la silla presidencial

Ricardo Orozco


Luego de las elecciones locales, en las que el Movimiento de Regeneración Nacional se coronó con una victoria indiscutible en términos de su potencial para movilizar estructuras de base, el partido que lidera Andrés Manuel López Obrador se ha mostrado con una actitud conciliadora que, por lo menos en lo que respecta a primeras impresiones, ha sorprendido a adeptos y detractores. Y es que, si bien es cierto que las alianzas políticas de las que se vale Morena, en general; y López Obrador, en particular; siempre se han desplazado entre la izquierda y la derecha por igual, también lo es que pocas veces en la historia del dos veces presidenciable, y aún menos en la del partido, la visibilidad y lo explícito de los acuerdos que ambos establecen con políticos de otras nomenclaturas o empresarios es escasa.

Dos aspectos, no obstante, revisten especial importancia para el análisis de la presente coyuntura. El primero de ellos, sin duda, es el hecho mismo de que Morena esté buscando hacer las paces con la mayor cantidad de actores posible. Y lo es, de entrada, porque López Obrador parece haber comprendido —luego de dos campañas presidenciales en las que su moneda de uso corriente fue la afrenta directa con sus opositores—, que aunque lo contestatario de su discurso resulta atractivo para determinados sectores de la población, desencadena efectos repelentes en esos otros segmentos que, sin ser parte del vulgo, deciden resultados electorales y la instrumentación de políticas públicas específicas por la vía financiera.

Pero también, porque, de un lado, las personalidades que se van sumando al proyecto de López Obrador —que de manera tan pomposa se decidió nombrar Acuerdo Político de Unidad para la Transformación del País—, dan muestra de las fortalezas con las que Morena llegará a los comicios de 2018; y del otro, porque esas mismas figuras visibilizan (aunque no de manera tan expresa), lo mismo la descomposición interna de las estructuras dentro de las cuales habían encontrado la plena satisfacción de sus intereses que las debilidades de los mismos para (re)organizarse en sus coaliciones tradicionales.

No es un dato menor, por ejemplo, que entre los nuevos estrategas de Morena se encuentren representados por igual los intereses de los tres principales monopolios en materia de radiodifusión y telecomunicaciones; por intermediación, claro, de las personas de Marcos Fastlitch, suegro del presidente de Grupo Televisa, Emilio Azcárraga; de Esteban Moctezuma, presidente de Fundación Azteca; y de Miguel Torruco, consuegro de Carlos Slim. Así como tampoco lo es que María Asunción Aramburuzabala, Alfonso Romo Garza, Jaime Bonilla y Raúl Elenes Angulo se hayan sumado a la lista de beneficiarios/benefactores del Movimiento de Regeneración Nacional.

Sobre los primeros dos personajes, el dato importante es que apersonan la búsqueda de beneficios propios, pero, al mismo tiempo, haciendo las veces de vocería de las dos empresas que en 2006 y 2012 se encargaron de fungir como caja de resonancia para la campaña mediática con la que se atacó a Obrador. Respecto del tercero, trasciende que se suma a los ya varios adeptos que el Morenismo ha extraído de las huestes formadas en Grupo Carso. Los demás, por su parte, resultan ser aliados peculiares por sus nexos, muy próximos, a las figuras de los expresidentes Carlos Salinas de Gortari y Vicente Fox Quezada; circulo en el que se introducirían a las más recientes adquisiciones de Morena: Manuel Bartlett, funcionario central en los hechos de la caída del sistema, en los comicios de 1988; y Lino Korrodi, principal operador financiero de la campaña panista en 2000, a través de Amigos de Fox.

Del lado de la izquierda ideológica, las dos personalidades que más hacen ruido son las de Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez; ambos, cofundadores del Partido de la Revolución Democrática (junto con Cuauhtémoc Cárdenas, quien niega a sumarse a la propuesta de Morena). Y es que si bien el PRD ya destaca más en el imaginario colectivo nacional por su asimilación a la agenda programática del priismo y del panismo que por las nulas banderas ideológicas con las que navega luego de su adhesión al Pacto por México—, la captación de talentos partidistas en la que se ha traducido el proselitismo Morenista de Martínez y Muñoz Ledo representa una ventaja que se traduce, principalmente, en la captación de recursos y movilización de las bases de apoyo locales.

Suponiendo que todos sepan para quién trabajan, y que cada uno trabaje para quien dice hacerlo, el dato revelador de las recientes alianzas firmadas por López Obrador es que dan señas de que las cosas no están bien en algunos de los principales círculos del priismo de la vieja guardia —por parte del perredismo, es claro que las cosas no transitan desde la resaca de 2006. Es significativo, en este sentido, que las agendas de Enrique Ochoa, líder nacional del PRI, y de Aurelio Nuño, titular de la SEP y suspirante presidencial, van en sentidos divergentes. Pero también, que una fracción del Partido Verde (PVEM) en el Sur de la República ya esté buscando su emancipación (sólo en términos electorales) para los siguientes comicios, o que el Grupo Sonora —origen ideológico del priismo, del caudillaje, el corporativismo y el clientelismo contemporáneos del sistema político mexicano— se encuentre desalineado de las directrices del partido.

Porque más allá de la previsible candidatura de Antonio Meade para el 2018, lo que parece estar en el fondo del asunto no es, precisamente, la designación del candidato Oficial, sino que el tradicional sistema de cuotas y redistribución de las ganancias al interior del régimen no está siendo tan democrático como se habría esperado que fuese al asumir la presidencia de la República el Grupo Atlacomulco. Así que, de continuar con la tendencia hasta ahora observada en las firmas que se van sumando al Acuerdo Político de Unidad, lo que quedará cada vez más claro es en dónde se encuentran y qué tan profundas son las fracturas internas del priismo —que López Obrador podrá explotar para conseguir mayores dividendos electorales el próximo año.

Ahora bien, respecto del segundo punto de interés para el presente análisis, lo que no deja de inquietar es que Morena esté buscando aliarse, primero, con miembros del empresariado al que el mismo líder de Morena no ha dudado en nombrar Mafia del poder; y luego, con políticos de todas las identidades partidistas a las que por doce años declaró estar enfrentando. Porque, más allá de que Morena disponga solicitar una carta de arrepentimiento o de desafiliación de los partidos que se oponen a Morena, o de que López Obrador tenga razón al afirmar que todos los humanos erran y siempre son susceptibles de corregir su destino; esas amistades le pueden cobrar una factura muy cara a Morena en las urnas.

Es claro que, como en algún espacio comentó Paco Ignacio Taibo II, uno de los principales ideólogos del Morenismo, la alianza del partido con los ciudadanos, con sus fuerzas de base, ya está fincada, luego de construirse y consolidarse durante doce largos años en los que se atravesaron dos agresivas campañas presidenciales. Y es claro, asimismo, que las coaliciones con empresariado y figuras políticas de otra extracción partidista tienen en la mira reducir al mínimo la resistencia institucional, de los tres órdenes de gobierno y los tres poderes públicos, al proyecto obradorista; además de enfocarse en la captación de recursos.

El problema es, no obstante, que esa alianza de la que Taibo II presume no está fincada en pilares lo suficientemente sólidos como para no quebrarse. Si los resultados que mostraron los sondeos realizados en las elecciones de junio pasado (en los que se determinó que el núcleo duro del voto Morenista proviene, en general, de los sectores medios con niveles considerables de escolaridad y cultura política), son representativos de algo, la consecuencia lógica de las recientes adhesiones al Acuerdo de Unidad de Obrador es que se rechacen: en la tónica de equiparar al partido con sus similares por el puro hecho de utilizar las mismas estrategias electoreras.

Después de todo, uno de los principales atractivos del discurso de Morena, en general; y de Obrador, en particular, a lo largo de poco más de doce años, era que en su agenda programática planteaba, de manera explícita, una diferencia sustancial respecto de la tendencia al amasiato a la que son propensos el resto de los partidos políticos nacionales. De aquí que, aunque se entiende que sumar adeptos abona a la consecución de la victoria política, el costo es atizar la percepción de que esa victoria debe ser alcanzada con independencia de los medios. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, el orgullo y la euforia que le representaba a los integrantes del partido el que éste estuviera constituido por figuras emblemáticas de la academia, la sociedad civil, las comunidades obreras, la cultura, etcétera?

Las preguntas centrales aquí, por tanto, redundan en determinar cuáles son los criterios éticos a los que se está apelando al interior de Morena para determinar en qué momento concede la absolución a quienes fueron sus opositores con anterioridad, por un lado; y por el otro, en saber si esos límites se extenderán (en el supuesto de que se llegue a la presidencia) de manera tal que el costo de la alianza deba ser pagado justo en los mismos términos en los que el PRI, el PAN y el PRD suelen pagarlos. Y es que no debe pasarse por alto que la adhesión de estos personajes al Morenismo no es un cheque en blanco, tiene un precio predeterminado. Además, la cosa no funciona admitiendo la alianza en este momento para romperla después de obtener el triunfo. Las consecuencias que enfrentaría Morena para gobernar, si traiciona las alianzas que construye ahora, serían tan nefastas como las que enfrentan los gobiernos de oposición en algunas entidades: incremento de la delincuencia común, de la violencia, del desempleo, etcétera. ¿Qué precio estuvo dispuesto a pagar Obrador para consentir la acción?

En última instancia, no debe perderse de vista que si los intereses que aglutina Obrador en torno de su propuesta política son lo suficientemente sólidos y densos, éstos no perderán la oportunidad de condicionar y/o determinar los rumbos que Morena y su proyecto partidista toma en lo sucesivo. Y lo cierto es que López Obrador se acerca, sin mucha precaución, a este escenario.
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Publicado originalmente en: https://columnamx.blogspot.mx/2017/07/morena-el-costo-de-la-silla-presidencial.html

lunes, 3 de julio de 2017

Luis Videgaray o el suicidio del PRI o la entrega de México a Estados Unidos


Arsinoé Orihuela
En Brasil, se usa decir: “No pasarán”. Y se usa por la población para decir que “no pasarán” los fascistas y golpistas. Es decir, que no triunfarán las fuerzas del fascismo inoculado en ese país y otros del cono sur (Venezuela es el caso más agravado). Y uso la consigna para decirles a esos a cuyas personas alude este artículo que en México “no pasarán”. No pasarán los Videgaray, ni los Trump, ni los Calderón, ni los Bush, ni los Salinas de Gortari, ni los Clinton. En 2018, a México le espera un duelo contra las añejas, corruptas y beligerantes castas políticas nacionales.
En la última publicación, se advirtió acerca de eso que un escritor uruguayo llamó “el suicidio de los partidos políticos” (http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/el-suicidio-de-los-partidos-politicos-o.html). Y eso es exactamente lo que está en puerta, en la antesala de la elección de 2018: la muerte asistida del único partido gobernante en México –el Partido Revolucionario Institucional (inclúyase las ramificaciones caleidoscópicas de pelaje azul o amarillo o verde). El PRI-partido firmó anticipadamente su carta de defunción en 1992, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El funeral es el próximo año (2018).
Históricamente, “el Partido” (como lo conocen sus prosélitos) definió las formas y fórmulas de la política en México. La totalidad de las decisiones de interés político discurrían por los canales del partido. A diferencia de otros países homólogos (Latinoamérica), en México el significante material e inmaterial de la política no recayó exactamente en la figura de un líder bonapartista-caudillista (como Perón en Argentina o Getulio en Brasil). En México, la soberanía política del siglo XX descansó en el Partido Revolucionario Institucional (esa entelequia decadente que el no tan nobel Mario Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta”, acaso la única contribución valiosa que aportó ese inescrupuloso escritor al análisis de la región). El campo político en el que se dirimió la cosa pública durante un centenar de años en México fue el PRI. Esta institución, que constituía el pivote del sistema político, contó con facultades metalegales extraordinarias: por ejemplo, la elección del “candidato-presidente”, que por muchos años fue una decisión exclusiva del partido, aún durante la mal llamada “transición democrática” (que en nuestro país consistió en un tránsito pactado de un centro-derecha a una derecha confesional sin recatos de clase).
Pero la evidencia sugiere que eso llegó a su fin. El PRI está en agonía pre mortem . Y la estocada final es 2018.
Pero cuidado: esa muerte anunciada no es por una potencial derrota del PRI en la elección del año entrante (eso todavía es difícil de prever, aunque absolutamente deseable); ni tampoco por un desterramiento de la cultura política que ese partido prohijó e instaló a sus anchas en un país condenado al clientelismo o el ostracismo o la muerte (y que perdura en no pocas esferas de la política nacional). El PRI-partido murió porque perdió esa “facultad metalegal” otrora incontestada: la selección del “candidato-presidente”. A partir de 2018, el candidato a la presidencia no será elegido por el partido: lo elegirá Estados Unidos.
Por eso la carrera por “la candidatura” discurre por otros canales. En el presente, competir por la presidencia en México involucra esencialmente hacer campaña en (con) Estados Unidos. El guiño y los amarres no apuntan a los correligionarios del partido. El “lobby” tampoco contempla el longevo imperativo de conseguir la aprobación de las diferentes fracciones intestinas. Las “camarillas” están desdibujadas, y mudan sus “lealtades” con más promiscuidad que las componendas matrimoniales de “La Gaviota” (de acuerdo con el testimonio de las malas lenguas). Y en ese río revuelto, los más astutos e innobles perfilan aspiraciones presidenciales, naturalmente cosechando simpatías con el soberano en turno: Washington.
Y adivinen quién es el puntero: sí, el secretario de relaciones exteriores, Luis Videgaray Caso.
Para nadie es un secreto que Luis Videgaray es un operador de Estados Unidos, y de las oligarquías domésticas beneficiarias del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Él mismo ha dicho que su prioridad es la renegociación de ese acuerdo. Y eso explica que el canciller responda al comando de Washington; que participe personalmente en la planeación del “muro Trump”; que encabece el proyecto de la construcción del muro en la frontera México-Guatemala; y que abrace con ahínco desenfrenado la causa anti-Venezuela en la Organización de Estados Americanos (OEA). Luis Videgaray es una especie de “encomendero” de la “era global”, al servicio de Estados Unidos, y de ese no-proyecto de nación que tiene al país postrado en la ignominia: “El México neoliberal itamita y su fracasado modelo maquilador/librecambista quedó amurallado: al norte, el muro Trump, y al sur, el muro Videgaray con Guatemala” (Alfredo Jalife Rahme en La Jornada 12-II-2017).
Cabe recapitular lo sostenido en otra oportunidad:
“ Al gobierno de México lo único que le preocupa es la renegociación del TLCAN. Y es absolutamente omiso con las deportaciones masivas y la fractura de familias mexicanas que está teniendo lugar en Estados Unidos. La suerte de los migrantes nunca fue de ningún interés para las elites gobernantes: el TLCAN que esas propias elites firmaron, expulsó a millones de mexicanos a Estados Unidos. Y ahora que están a punto de sufrir una segunda expulsión, de Estados Unidos a México, el gobierno mexicano está cruzado de brazos, haciendo como que la virgen le habla, y renegociando humillantemente un tratado que dejó muerte y destrucción en suelo nacional… En materia política, el ascenso de Trump dejó huérfanas a las élites gobernantes. No tienen fuerza ni siquiera para movilizar populistamente a la población. Por añadidura, México no cuenta con el apoyo de los gobiernos latinoamericanos. El TLCAN fue un harakiri político: la clase política en México eligió el proyecto con base en la geografía y por oposición a su historia y cultura. El Estado no tiene brújula, no tiene dirección. La política exterior es de persistente deshonra y humillación: el alto funcionariado mexicano lanza gestos de amistad a un gobierno –el de Estados Unidos– que responde con aspavientos de enemistad e insulto llano. México es un peón acasillado” (Leer artículo completo en http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/04/que-significa-el-triunfo-de-donald.html).
Si el proyecto de “nación” es la entrega de la nación a Estados Unidos, Luis Videgaray es la figura política más calificada para tomar las riendas de ese continuum. La muerte anunciada del PRI le confiere algunas libertades para despreciar al partido, y posicionarse –no sin recato– frente a la metrópoli: “(…) El canciller tiene que dedicarse de tiempo completo a esto (de renegociar el TLCAN) y mantener la neutralidad política… Tengo una militancia de la cual estoy muy orgulloso pero que no ejerzo, estoy dedicado a ser canciller… Tengo mi militancia guardada en un cajón” ( El Universal 26-V-2017).
Pero en Estados Unidos están preocupados por la elección de 2018 en México. En abril del año en curso, el senador republicano John McCain dijo: “Si las elecciones fueran mañana en México, probablemente se tendría a un antiestadounidense de ala izquierdista como presidente de México. Eso no puede ser bueno para Estados Unidos”. Y, para redoblar la consternación con guiño cómplice a las élites mexicanas, el secretario de seguridad interior, John Kelly remató: “No sería bueno para Estados Unidos ni para México” ( El Financiero5-IV-2017).
No debe asombrar a nadie que desde Washington dispongan nombrar a Luis Videgaray como candidato para la elección presidencial de 2018. Hasta ahora, el secretario de relaciones exteriores ha sido su más fiel acólito y operador.
El PRI está en la antesala del suicidio. Estados Unidos necesita neutralizar políticamente a México. La inercia anexionista es arrolladora. El puntero en las preferencias electorales de 2018 es “un antiestadounidense de ala izquierdista” (sic). Y Washington está intranquilo.
No pasarán.
Fuente: http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/luis-videgaray-o-el-suicidio-del-pri-o.html