El turismo y sus mitos
Jordi Gascón y Ernest Cañada
Primer mito: genera trabajo.
El turismo es considerado como un sector
que genera mucho trabajo, tanto en los puestos que requieren las instalaciones
turísticas (hoteles, apartamentos, restaurantes), como por los que facilitan la
llegada de turistas (construcción, transporte, agencias de viajes, casas de
cambio, seguridad) y los que surgen de la demanda por parte de los empleados
directos e indirectos del turismo (comercio, bancos, espectáculos, etc.). Pero
no todo es tan bonito. Hay que ver más allá y observar cómo son estos empleos.
En cuanto a las características de la ocupación:
Inicialmente,
buena parte de la ocupación que crea el turismo requiere poca cualificación (ya
sea en los trabajos de construcción o como meseros). Pero luego la situación se
complica.
Cuando un lugar
se desarrolla turísticamente se necesita más profesionalidad para mantener el
prestigio y competir con otros destinos. Entonces se requiere de personal más
preparado. Y esta necesidad se llena trayendo gente de fuera del lugar, e
incluso del país, o invirtiendo en la formación de la población local. Surgen
así escuelas de cocina, carreras de turismo y empresariales, academias de idiomas,
etc. Pero la mayor parte del capital invertido en la formación de los trabajadores
no viene de las empresas (quienes son las que más se benefician) sino del
Estado (en el caso de universidades y academias públicas) y muchas veces de los
propios bolsillos de quienes se están formando. Cuando
la población local logra acceder a empleos cualificados, los trabajos más
sencillos son asumidos por inmigrantes de regiones y países más pobres, de
manera que la estructura social local se vuelve más compleja, con la aparición
en la zona de un grupo de población inmigrante muchas veces de escasos recursos
y marginada.
En cuanto a las condiciones de trabajo:
El trabajo no
cualificado en el turismo se caracteriza por los salarios bajos, la temporalidad,
las largas jornadas de trabajo y las escasas condiciones de seguridad.
Esto es grave
especialmente en la construcción.
Además, los
trabajadores no lo tienen tan fácil para defender sus derechos y muchas veces
los sindicatos están prohibidos en los lugares turísticos o bien son sindicatos
corruptos, al servicio de la empresa.
Además, el
trabajo en el turismo es muy inestable, ya que es un sector fuertemente dependiente
del exterior, como por ejemplo cuando aumenta el precio del combustible se
encarecen los pasajes de avión a un determinado destino los turistas disminuyen.
Segundo mito: impulsa otras actividades
Se dice que el
crecimiento del turismo impulsa otras actividades productivas, como por ejemplo
la construcción.
Pero al mismo tiempo pone en riesgo otras actividades tradicionales,
generalmente del sector primario, la agricultura o la pesca, en la competencia
por recursos como la tierra o el agua.
El turismo puede
cambiar la manera en que se orienta el gasto público, favoreciendo aquellos
servicios de mayor interés para el sector turístico y dañando el resto. De hecho,
el turismo se sostiene muchas veces gracias al gasto de fondos públicos.
La creación de
empleos en el turismo muchas veces pasa por el abandono de sectores
tradicionales como la agricultura o la pesca. En estos casos, no es que el turismo
genere nueva ocupación, sino que sustituye la que ya existía e incentiva la migración
campo-ciudad. Esto puede provocar un desequilibrio geográfico: zonas rurales
abandonadas y crecimiento desordenado en las periferias de los núcleos turísticos.
Tercer mito: moderniza infraestructuras
Se ha visto que
el desarrollo del turismo permite la modernización de las infraestructuras,
especialmente las de transporte: carreteras, aeropuertos y puertos.
Pero esta
modernización se realiza según las prioridades turísticas y no buscando un
desarrollo local equilibrado con las otras actividades productivas.
Otra cosa que
también puede pasar es que estructuras costosas, que fueron construidas con
fondos públicos, sólo llegan a usarlas una minoría. Los gastos son públicos,
pero sin embargo el beneficio es privado.
Cuando un lugar
turístico va perdiendo clientes, o disminuyen las visitas, las estructuras y
construcciones pueden quedar sin ningún uso, o ser demasiado grandes y caras
para su mantenimiento. Además del impacto ecológico que provoca, el país sufre
la pérdida de estas estructuras que en su mayoría fueron realizadas con fondos
públicos.
Cuarto mito: da más valor a los recursos locales
Se dice que el
turismo contribuye a dar más valor a los recursos locales (como la tierra o el
agua, por ejemplo). Sin embargo, esta revalorización muchas veces va acompañada
de un incremento de los precios. El crecimiento de turistas puede hacer que
suban los precios de bienes y servicios, como comer en un restaurante o lavar
la ropa en una lavandería.
El aumento del
precio del suelo, por ejemplo, puede tener efectos negativos. Por un lado,
algunos sectores de la población se pueden ver obligados a emigrar, quizás no por
falta de posibilidades laborales en la zona o por deseos de mejorar económicamente,
sino por que el precio del suelo, y de las casas, ha aumentado tanto que
sobrepasa sus posibilidades. Por otro lado, puede llevar al abandono de sectores
productivos tradicionales como el agrario: cuando el precio del suelo sobrepasa
una determinada cantidad, al campesino le acaba siendo más beneficioso vender
su propiedad que seguir trabajando la tierra.
Este proceso de
subida de los precios también se da en los servicios y los productos de
consumo. Tanto en zonas rurales como en las ciudades, espacios que antes eran para
todos acaban siendo sólo son para turistas, debido a los altos precios de los servicios
que se ofrecen en ellos: acceso a playas, comida, terrazas de bares, restaurantes
en zonas céntricas, etc.
Quinto mito: equilibra la balanza de pagos
Se cree que el
turismo permite equilibrar la balanza de pagos de un país, o sea la relación
entre la cantidad de dinero que un país gasta en el extranjero y la cantidad que
ingresa de otros países. Se trata de un recurso relativamente fácil y rápido de
explotar, que genera ingresos muy superiores a las inversiones que requiere. Muchos
gobiernos lo ven como la mejor forma para poder pagar su deuda externa. Pero lo
cierto es que son las transnacionales turísticas de capital occidental, propietarias
de las principales compañías de vuelo y de las grandes cadenas hoteleras, las
que controlan, gestionan y acaparan la mayor parte de los beneficios del
turismo internacional (fugas externas). Además, buena parte del consumo que el turista
realiza, aunque adquirido en empresas nacionales, son en realidad bienes y servicios
de importación (fugas internas).
Esta
“repatriación de beneficios” se ha acentuado desde la década de los ochenta y noventa,
debido a las privatizaciones y la apertura de mercados propiciada por las políticas
neoliberales que los países del Sur se han visto obligados a adoptar. El Acuerdo
General sobre Comercio de Servicios, establecido hace unos años por la Organización Mundial
del Comercio (OMC), está siendo la última fase de este proceso. El Acuerdo
busca terminar con políticas proteccionistas que han permitido a algunos países
mantener cierto control sobre su sector turístico mediante diversos mecanismos,
como la restricción a la propiedad extranjera. El Acuerdo otorga a las empresas
extranjeras los mismos derechos que a las locales y les libera de toda restricción,
como la obligación de utilizar productos locales.
El resultado es
que buena parte del desembolso que realiza el turista acaba engrosando las
economías de los países ricos. Como promedio, cerca del 55% del gasto realizado
por el turista en sus viajes a países del Sur permanece o retorna a los del
Norte, porcentaje que alcanza el 75% en el caso de algunos países de África y
el Caribe. Sólo una parte marginal de los beneficios acaba quedando en el país anfitrión.
Sexto mito: cuida el medio ambiente
Se dice que el
turismo es una actividad “limpia”, que favorece la conservación del medio
ambiente. Hasta le llaman la “industria sin chimeneas”. Sin embargo, el turismo
de masas se ha mostrado muy agresivo con los ecosistemas y los recursos naturales,
ya que se basa en una fuerte concentración de personas y servicios en un espacio
limitado, y con unas necesidades y requerimientos superiores a las que pueden
ofrecer los recursos naturales tal como eran manejados originalmente.
Por ejemplo, en
las zonas de costa, el ecosistema de playa natural se pierde a favor de una
determinada concepción estética de playa recreativa. A menudo se destruyen los
manglares, una de las principales barreras naturales contra maremotos y
huracanes. Las playas se limpian y se remueve la arena con frecuencia, lo que
impide el crecimiento de la vegetación propia de la playa. Y todo para que el
turista vea la playa bonita, tal como aparece en las fotos de los catálogos publicitarios.
El caso del agua
es ejemplar: a mayor número de población, mayor consumo de agua. Cuando se
supera la capacidad hídrica de la región, poblaciones cercanas o el ecosistema
o sectores como el agrario ven como la cantidad de agua a la que pueden acceder
se reduce por debajo de sus necesidades.
Los núcleos
turísticos generan enormes cantidades de residuos y de emisiones de gases
contaminantes que pueden disminuir la calidad del aire y el agua. En las primeras
fases del desarrollo turístico, a no ser que previamente se estableciera un diseño
del crecimiento, se suelen utilizar los mecanismos de eliminación de residuos
tradicionales en la zona, como tirar los residuos líquidos al mar y a los ríos.
Séptimo mito: favorece el intercambio cultural
A menudo se
piensa que turismo ayuda a que la gente en el mundo se conozca mejor, y a
romper con estereotipos culturales. El turismo, se cree, permite que los
turistas y la gente del lugar conozcan otras maneras de vivir, de entender la
realidad, de creencias y de costumbres.
El turismo puede
ayudar al intercambio de información, incluso cuando no existe una comunicación
oral por las limitaciones del idioma, o el turista queda encerrado en una
burbuja cultural como sucede en los viajes organizados o en el caso de los “resorts”
de “todo incluido”; enclaves que ofrecen restaurantes y servicios de ocio necesarios
para pasar las vacaciones sin tener que salir del recinto hotelero. El problema
es que la información que se transmite puede llegar deformada.
El turista se acerca
a los lugares con una imagen predefinida de lo que va a encontrar. Esta imagen
es difícil de romper, y aún más cuando la población y tour operadores locales
se adaptan a ella para asegurar el flujo de turistas. Y a la vez, el turista
aparece muchas veces a ojos de la gente del lugar sólo como un consumidor que
cuenta con capacidad económica y tiempo para el ocio; es decir, como una fuente
de recursos. De esta manera, unos crean estereotipos de los otros, y cuando les
toca interrelacionarse lo hacen a partir de prejuicios.
Por ejemplo, la
difícil situación económica en que entró Cuba tras el fin de la “Guerra Fría”,
favoreció el resurgir de la prostitución como oferta para los extranjeros. Una prostitución
conocida como “jineterismo”. El gobierno cubano reaccionó estableciendo duras
medidas represivas hacia esta actividad. Esta política no fue capaz de
frenarla, pero sí favoreció la formación de un sector social marginal que se dedica
a la prostitución y a otros “negocios” con los extranjeros. Ante esta situación,
buena parte de la población cubana, especialmente la femenina y sobretodo en
las zonas más turísticas, acabó rehuyendo el contacto con los extranjeros ante
el temor de ser confundidas y tachadas de “jineteras”. Esto ha llevado a que
ese sector marginal haya monopolizado las relaciones con los turistas, y que
éstos regresen a sus países de origen con la idea de que la mayoría de las
mujeres cubanas son “jineteras”.
En poco tiempo se
consolidó una imagen de Cuba como la de un paraíso para el turismo sexual. A la
vez, el turista en Cuba fue tomando la imagen de alguien que viene a buscar
sexo. Y ambos estereotipos se han ido retroalimentando: cada vez son más los
turistas que visitan Cuba con un objetivo manifiestamente sexual, y la oferta
sexual es la primera que recibe el turista en las calles de La Habana y de
otros focos turísticos del país.
La relación que
se establece entre turista y la población anfitriona, por tanto, suele ser muy
sesgada. Factores que dificultan el intercambio, como el tipo de viaje, su corta
duración, la existencia de prejuicios previos al contacto o los obstáculos culturales
e idiomáticos, pueden llevar a que, tanto la persona local como el turista, sólo
recojan pinceladas descontextualizadas de información que acaban creando o consolidando
los tópicos e imágenes estereotipadas del “otro” que, se supone, el turismo
debía combatir.
Octavo mito: es la clave del desarrollo
Muchos políticos
dicen que el turismo puede ser el motor de desarrollo de los países, o incluso
de una determinada región, y que hay que apostar todo a caballo ganador, porque
ahí está la salvación.
Sin embardo, en
determinadas zonas donde se desarrolló el turismo, se ha observado cómo éste ha
acabado generando problemas muy similares a los de las economías agroexportadoras
basadas en monocultivos como el algodón, el azúcar, el café u otros muchos, de
los que sabemos bien en Centroamérica y El Caribe.
Por ejemplo, la
especialización turística, al igual que los monocultivos, depende fuertemente
de los precios del mercado internacional, muy fluctuantes y que se establecen
en los lugares de origen de los turistas, y sobre los que nuestros países no
tienen control alguno. Entonces, cuando suben los precios del combustible y los
boletos de avión se encarecen, puede disminuir drásticamente la llegada de
turistas.
Esta escasa
diversificación impide que la zona pueda reaccionar si hay algún problema con
el turismo. Además, hay otro problema que los políticos pocas veces cuentan.
Los destinos turísticos tienen un ciclo de vida. No se puede crecer siempre,
indefinidamente. Al final el propio desarrollo turístico agota las
posibilidades de que el negocio continúe.
Noveno mito: reduce la pobreza
Últimamente, uno
de los mitos que más se escucha es que el crecimiento del turismo genera
bienestar en el conjunto de la población y ayuda a reducir la pobreza. En la cooperación
internacional está de moda el llamado enfoque “pro-pobre”. Esta teoría considera
que el crecimiento de la actividad turística, del tipo que sea, puede reducir la
pobreza y, por tanto, desarrollar propuestas para que los “pobres” puedan participar
en esta fuente de riqueza.
El enfoque
“pro-pobre” parte de una visión errónea, a nuestro entender. No toma en cuenta,
ni valora, los impactos negativos que puede generar el turismo, que como ya hemos
visto no son pocos. Además, parte de una visión de la pobreza muy simple. La pobreza
no depende sólo de la cantidad de los ingresos obtenidos y del nivel de bienestar
alcanzado, sino del papel de la gente dentro de la sociedad. Si el incremento
de ingresos no va acompañado de una reducción de las desigualdades y de mayor
poder para decidir sobre las cosas que afectan a la gente, pues no hay reducción
real de la pobreza, la gente siempre se mantiene en una situación de marginalidad
frente a los que tienen el poder. El enfoque “pro pobre” para nada toma en
cuenta este problema y, de hecho, con sus aplicaciones va a acabar ayudando a que
aumenten las diferencias socioeconómicas entre los de arriba y los de abajo.
El papel del turismo
en la reducción de la pobreza es, en realidad, mucho más complicado. El
turismo, como cualquier otro sector económico, puede contribuir al desarrollo
de una región o generar impactos altamente negativos; todo depende del modelo
aplicado y de su gestión. Pero históricamente, la tendencia ha sido provocar más
problemas que soluciones, especialmente entre los sectores de población más vulnerables
y en los ecosistemas. La relación entre turismo y reducción de la pobreza es
más compleja.
El turismo hay que entenderlo como un espacio de
conflicto social. En torno a la gestión y a la elección del modelo de la
actividad turística entran en competencia y contradicción diferentes intereses
de sectores sociales distintos: por el uso de los recursos naturales, económicos
y humanos, por el reparto de los beneficios o por la distribución de las
externalidades negativas que genera.
Propuestas
Frente a los
impactos negativos que están provocando determinadas formas de desarrollo
turístico entendemos que hay que resistir y hacerle frente a la venta y privatización
de nuestros territorios y de nuestro patrimonio. Las comunidades tienen derecho
a decirle no al turismo, si así lo deciden.
Al mismo tiempo,
y si la gente lo desea, determinadas formas de desarrollo turístico pueden ser
una forma de diversificar y complementar las economías locales. El Turismo
Comunitario puede ser la mejor forma de poner en marcha actividades turísticas
por parte de las comunidades rurales.
Esto quiere decir:
Un turismo
gestionado en comunidades rurales por familias campesinas, por cooperativas
agropecuarias, por pueblos indígenas.
Un turismo
complementario a las actividades productivas tradicionales como la agricultura
o la pesca, no sustitutivo sino parte de una estrategia de diversificación
económica.
Un turismo de
pequeño formato, y en el que la población local, a través de sus estructuras
organizativas, ejerce un papel fundamental en su control y gestión.
Un turismo que
refuerce instrumentos de organización colectiva.
Un turismo que
contribuya al mantenimiento de la propiedad de los recursos esenciales, como la
tierra y el agua, por ejemplo, en manos de las comunidades rurales y que pueda
formar parte de una estrategia de resistencia frente a la presión de los
megaproyectos turísticos e inmobiliarios que tratan de instalarse en los
mejores lugares del territorio.
Un turismo que
tiene voluntad de distribución equitativa de los beneficios.