lunes, 6 de noviembre de 2017

En defensa de la militancia política

Aldo Fabián Hernández Solis

El lugar de la política en los tiempos actuales se encuentra en un proceso de vaciamiento. Es una moda el ser “apolítico”, juzgar a la política como mala y señalar que todos los políticos son iguales. Frente a lo político se presenta al ciudadano “apartidista”, al “independiente”, al “vecino”, como modelo ideal de la acción pública. Es evidente que la crítica generalizada a la política tiene fundamentos reales, ya que se ha convertido en un terreno donde prevalece el fraude, el engaño y la corrupción. Sin embargo, el rechazo a la política es una actitud conservadora que promueve la defensa del satatus quo y es una reafirmación del individualismo. La figura del militante, hoy también blanco de críticas, permite pensar críticamente el vaciamiento de la política.
Ser militante implica un compromiso con una serie de ideas, proyectos u organización, significa trabajar y luchar por ellas. Ganas de participar activamente en la vida publica. La militancia conlleva dedicarle tiempo y recursos, implica defender la postura, debatir con los compañeros y con los contrincantes. Para llevar a cabo una militancia se hace necesario tener una formación política e informarse todo el tiempo. Estas actitudes contrastan con el individualismo predominante en la sociedad actual, donde predomina el desinterés, la lógica económica y la desinformación. De ahí que la militancia sea catalogada como algo ilógico, acción de jóvenes idealistas, una pérdida de tiempo, o el catalogar a los militantes de izquierda como “chairos” en medio de risas bobas.
En tiempos de ambigüedad e individualismo generalizado, tomar partido y defender la postura es además de loable necesario. Asumir el riesgo de nuestras decisiones, comprometerse con las ideas propias, trabajar y comprometerse con algo, son implicaciones de la militancia política, que mejorarían la democracia y la política.
La despolitización de la sociedad es un triunfo del neoliberalismo, que avanza por medio de la lógica “apolítica”. La confianza que despierta la idea de un ciudadano apolítico o apartidista, está bien en tanto señala la corrupción y el predominio del interés económico sobre los ideales, pero es una falsa salida. La actividad política implica preparación, acción constante, formación, ideales, tenacidad, información y sacrificio, es decir militancia. La política no tiene que ser de ocurrencia, buena voluntad e improvisación.
Los “apolíticos” carecen de claridad política, no se asumen partidarios de proyectos o grandes ideas, no defienden posición alguna; su fuerza reside en no tener partido, en ser “ciudadano común” (cualquier cosa que ello signifique) y en una queja, un pesimismo inmovilizador. Frente a esta falsa alternativa está el militante, el verdadero que se mueve por ideales y por un genuino compromiso con la realidad, vanguardia política de la sociedad.
Quienes hayan visto las impresionantes acciones sociales que desencadenaron los terremotos del 7 y 19 de septiembre, esos miles de ciudadanos dando su tiempo y esfuerzo en ayudar, la capacidad de organización, el desinterés, el sacrificio, las ganas de participar; la búsqueda de información, la exigencia al poder y la preocupación genuina por el país, son todas características de una cultura política militante. La defensa de otra política no pasa por darle la espalda o por la invocación de lo “anti-político”, al contrario se encuentra en la irrupción política masiva y por la expansión de una cultura militante.
_______________________________________

La Tijereta ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una liencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

miércoles, 30 de agosto de 2017

¿En qué mundo se realizarían las elecciones de 2018?

Nino Gallegos

Guillermo Almeyra, es quien se pregunta lo de arriba y reempezar lo que sexenalmente es uso y costumbre con lo del presidencialismo en México, existiendo un escenario violento y criminal en el país (de y en) sombras espectrales que Calderón y Peña Nieto, habrán de colgar entre pecho y espalda al presidente que llegue, haiga sido como haiga sido.Es tanta la normalización en la indolencia y la indiferencia sociales que, la crónica de los años y los días redactada a diario con los muertos, los desaparecidos y los desplazados es una afrenta, y no, una ofrenda, morirse de manera natural. No es que sea una afrenta y una ofrenda a la muerte de lo mexicano en los mexicanos, sino que la violencia y el crimen no se cansan con los gobernantes y los gobernados, los narcos y los sicarios, los empresarios y los militares. No porque haya sido el Pacto por México o el reciente Frente Amplio Opositor, tal vez sí y/o quizás no, porque en la anticipación inmediata y mediática estamos pensando y preguntándonos: ¿En qué mundo se realizarían las elecciones de 2018?, y uno responde que en el mundo de arriba, en el cielo de en medio y en la tierra de abajo, siempre y cuando, nos quede claro, transparente y hasta con rendición de cuentas que esto del mundo lo saben mejor Los Zapatistas, no nada más por lo de un mundo posible, acaso por el caos y el ocaso en el país de sombras espectrales, el supuesto Estado fallido mexicano, la corrupción y la impunidad, el muerto, el desaparecido y el desplazado Estado de Derecho.
Los intelectuales que son los sesgadores del año viene con los campesinos que son los segadores de las malas temporadas en el campo, desruralizado y trazado, en carreteras con desarrollos inmobiliarios turísticos, a las horas de las deshoras, no están para entenderse con la astrología urbana y la cosmo(a)gonía rural, cuando se trata, afirmativamente, “de la explotación y opresión del capital para luchar por la liberación nacional y social.”
De julio 2017 a julio 2018, será un año que viviremos en peligro como todos los años sexenales anteriores del presidencialismo contra las drogas de los narcos y las deudas de los ciudadanos, el desabasto de la ética con la mala nutrición de la moral, muriéndose nuestros jóvenes aunque los jóvenes en la plaza de Tahrir siguen pensando y haciendo que la revolución sea más un convicción de conciencia y de condición humana, parando a los gobiernos sucesorios por más faraónicos y militares que sean, o, a los ucranianos que les reventaron los cráneos en la plaza Maidan, mientras en el país de sombras espectrales, conservadoramente, los intelectuales, los libres pensadores, dicen hay que tener cuidado con “los virajes autoritarios”, como si los muertos, los desaparecidos y los desplazados fueran nomás los daños colaterales de un Estado fallido que no ha podido en la guerra contra las drogas y lo que en ellas se generen con los virajes autoritarios y con los viajes imaginarios y maravillosos en petates voladores a un país que no es de este mundo sino quizás sí y/o tal vez no, de otro mundo raro a lo José Alfredo Jiménez, donde la vida no vale nada.
Si el país en que vivimos, sobrevivimos y malmorimos, pues, qué mundo, pus/pos(t)verdadero, el de las sombras espectrales como en el mundo de Comala con su Media Luna, ¿la del Medio Oriente o la mexicana?, las rojas, violáceas, violentadas y violadas. Cuando nos constreñimos únicamente a México, nos gana una depresión provinciana del tamaño del mundo que no hayamos qué hacer con los hijos como futbolistas o narcos e hijas levantadoras de pesos o buchonas que, no corresponde únicamente a Sinaloa y sí a la RepMex., cuando de por sí el país tiene de sobra sus halcones y sicarios desde los cerros de afuera a las lomas residenciales de adentro.
Así como existen leyes y hechos criminales como para sancionar, enjuiciar y sentenciar, el tiempo se nos va en encubrir, solapar y ahuecar el espacio entre los gobernantes, los gobernados y a los que siempre están fuera de la Ley y por más que se diga que nadie está por encima de la Ley, pues resulta que está abajo haciendo adobes para traficarlos con los que están encima de la Ley para sobornarlos, dedicándoles semanas de rating en los medios impresos, televisivos, radiofónicos y digitales para ver quién compra más y lee y escucha menos, porque nada de nadie y de alguien era cierto, verdad y pos(t)verdad, tal vez sí y/o quizás no, la pusverdad.
Ahora, un mundo más abierto y más cerrado a la vez, del capitalismo al fundamentalismo con los nacionalismos y los comunismos, no es el mejor mundo de hoy, mañana y pasado mañana, porque USA, Rusia, China y Corea del Norte nos tienen con el santo nuclear de las ojivas metidas al revés en las cabezas decapitadas del Estado Islámico y los Narcos-Sicarios, no hallando uno-un mundo adecuado a las expectativas políticas y electorales en el provincianismo de México ante y para qué mundo.
El mundo es lo que somos, y no hay espejos más grandes que el cielo y el mar para no andar preguntándonos y especulando quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos, qué hacemos y hacia dónde vamos de aquí, si no es acaso al caos de lo que somos en el mundo de gente que nos habitamos, nos explotamos, nos hacinamos, nos despojamos y nos parasitamos, y un día después que votemos para el 2018, murámonos de vergüenza con la autocrítica del martillo o del látigo, si es que todavía la tenemos para ese entonces, por haber votado en un país de sombras espectrales con más paladas de tierra, indiferencia e indolencia para los muertos, los desaparecidos y los desplazados, porque, los vivos, bien, gracias, a la desgracia nacional, de Pedro, El Infanticida.
Lo lamentable por patético es que Los Olvidados de Buñuel siguen olvidados con Los Hijos de Sánchez, de Lewis, no pudiendo encontrar a la matriarca ni al patriarca por ningún lado, lugar y sitio que, en lugar de ascender, descendemos, al no lugar que es un país (de y en) sombras espectrales, vuelta pa’tras o vuelta pa’delante, en el año 2018, casi como un destino obligado a confrontarlo en las urnas llenas con los muertos, los desaparecidos y los desplazados del 1968-1988-2000-2006-2012-2018: entre julio y octubre serán 50 (cincuenta) años de explotación y opresión como para luchar por la liberación social y nacional, y como para no justificarnos que hizo falta tiempo y espacio, condición y conciencia humana, cuando se ha tenido de sobra para la corrupción, la violencia, el crimen y la impunidad en el país de sombras espectrales.
La interrogante persiste: “¿En qué mundo se realizarían las elecciones de 2018?” Digamos que todo está dicho pero no hecho para el 2018, y para el 2018 será un mundo de dinero desde el INE a los partidos, no habiendo proceso electoral que aguante tanto dinero para la supuesta transparencia y la simulada rendición de cuentas, así como casi ningún ciudadano elector que nomás deslice su voto nomás porque la conciencia lo convencerá que votar es universal, libre y secreto.
La vida, después de todo, apremia y premia, habiendo plazos para que sí se cumplan en esos tiempos y espacios vivos y muertos en esos escenarios en que la condición humana es la conciencia del ser humano como ciudadano de la identidad y la pertenencia a una nación que si no ha cumplido con el servicio cívico de la ética y la moral, la credencial de Elector, únicamente, servirá para identificarse como un mexicano más en las estadistestificaciones del miedo, el fraude, el terror y el horror de los muertos, los desaparecidos y los desplazados, por siempre.
A los mexicanos, nos gusta La Historia porque cada vez que aprendemos de sus lecciones, las repetimos, una y otra vez, en los pensamientos, las palabras, los actos y los hechos.
________________________________________________
La Tijereta ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 24 de agosto de 2017

AMLO, la emergencia de un progresismo moderado

Florencia Pagliarone y Ava Gómez


Andrés Manuel López Obrador (AMLO), candidato de MORENA a la presidencia de México, mantiene desde mayo del año un desempeño positivo en las encuestas electorales que le sitúan en torno al 17% de intención de voto, siendo el candidato con más opciones, seguido de Margarita Zavala (PAN) que toma una distancia de entre 3 y 5 [1] puntos porcentuales en las últimas mediciones. Pero las encuestas son también, para el liderazgo de AMLO y de MORENA (como la formación que alcanza la mayor intención de voto), armas de doble filo. Ello debido a la presencia del duopolio mediático (Televisa – TV Azteca) que siempre ha tendido a favorecer al bipartidismo (PRI-PAN) y que probablemente usará la sobreexposición de los sondeos para denostar al líder. Además, la posibilidad de que el vecino del norte recrudezca su política migratoria y postergue la renegociación del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), podría ser un nuevo elemento usado en contra de AMLO, arguyendo la defensa de los intereses económicos nacionales.
A principios de este año, AMLO mantuvo una gira por varias ciudades de Estados Unidos con el objetivo de construir un frente cívico en defensa de los inmigrantes, contra el racismo y la xenofobia.
La propuesta política antineoliberal y la lucha contra la corrupción, encarnada en el bipartidismo mexicano, es el marco discursivo que ha convertido al veterano candidato en un líder con potencial para dirigir un cambio político de grandes dimensiones en el país. Ello ha despertado una estrategia de deslegitimación focalizada, una vez más, en el “miedo”. Los liderazgos del PAN y el PRD se centran en amalgamar una coalición que no permita la llegada de una alternativa “populista”. En palabras de Ricardo Anaya del PAN: “Hay una alternativa que implica una regresión autoritaria al pasado, una alternativa que es francamente populista, destructiva y que representa Andrés Manuel López Obrador” [2].
Por su parte, para contrarrestar la campaña del miedo, López Obrador ha iniciado una gira por varios países latinoamericanos a fin de encontrar avales en el nivel regional, acercándose, principalmente, a aquellos gobiernos progresistas con menos cuestionamientos desde el establishment: Chile y Ecuador, y desmarcándose, a su vez, de Venezuela: “Nosotros no tenemos nada que ver con el gobierno de Venezuela, eso debe de quedar muy claro, pura calumnia” [3], dijo López Obrador en un mitin político en Jalisco. Por otra parte, a finales de agosto visitará EEUU donde presentará su libro Oye Trump, en el que habla de su experiencia con personas que han migrado de México al país del norte.
Durante el II Congreso Nacional Extraordinario de MORENA, AMLO ya había anunciado que era partidario de mantener una postura mesurada en política exterior, sin asumir posiciones protagónicas: “La política exterior que proponemos se sustentará en la aplicación de una buena política interior, en la seriedad, en la cautela diplomática, en el apego a los principios de autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de las controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los estados, la cooperación internacional para el desarrollo, la lucha por la paz, la defensa de los derechos humanos y la conservación del medio ambiente [4].
El interés de Andrés Manuel López Obrador es el de posicionarse como líder progresista en un escenario regional muy particular, en el que sus movimientos son poco estridentes y avanzan paulatinamente con la “seguridad” que le da tener aliados en el centro. Ello, sin embargo, genera dudas de si su liderazgo puede marcar una nueva etapa en la región en clave geopolítica.  
En este sentido, el objetivo de la gira de AMLO era dar a conocer la estrategia del partido Morena y posicionar su programa de gobierno, el cual tiene algunos puntos de sintonía y otros de clara diferenciación con Bachelet y con Moreno. AMLO promete que los jóvenes tendrán garantizado el derecho al estudio y el trabajo con el objetivo de integrarlos a las actividades académicas y laborales, un tema pendiente en el caso de Chile donde la Reforma Educacional terminó por ser excluyente con los jóvenes estudiantes en tanto el sistema de gratuidad universitario no incluye a todos los estudiantes sino solo a los sectores vulnerables [5]. Mientras que la lucha contra la corrupción es una bandera en común con Ecuador. AMLO ha declarado que “se eliminarán los fueros al Presidente y a los altos funcionarios públicos. Se propondrá una reforma al Artículo 108 de la Constitución para poder juzgar por corrupción al presidente en funciones. El ejemplo de honestidad se dará desde el gobierno y habrá un sistema eficaz anticorrupción con participación ciudadana”. [6]
 __________________________________________________
Notas
[1]http://eleconomista.com.mx/foro-economico/2017/08/09/lopez-obrador-puntero-las-encuestas

Florencia Pagliarone y Ava Gómez  son investigadoras de CELAG.

viernes, 18 de agosto de 2017

El narcotráfico en México es clase gobernante

Arsinoé Orihuela

En México y el extranjero es común que el público pregunte por qué en este país matan a los periodistas, desaparecen a los estudiantes, reprimen hasta la muerte a los maestros, asesinan a líderes comunales, persiguen con ferocidad a defensores de derechos humanos, ejecutan a centenares de miles de civiles inocentes etc. La respuesta con frecuencia acude al estribillo: “fue el narcotráfico”. Esta especie de “hipótesis” inoculada, basada en información filtrada inconexamente por la prensa, aunque es parcialmente cierta, tiene limitaciones u omisiones que conviene señalar.Una primera limitación (subjetiva) es que alimenta la creencia fetichizada de que el narcotráfico es un “agente balcanizador” que las fuerzas del Estado no consiguen domeñar o contener por impotencia o debilidad. Esta “creencia” desliza (subterráneamente) la falsa noción de que la sola participación-intervención de las instituciones significa, a priori o exprofeso, un freno a las formas ilegales de hacer negocios o política, que es una tesis que (al menos en México) no resiste el menor análisis.
Esto remite a la segunda omisión (objetiva): a saber, que en México la presencia de actores institucionales de alto rango es una constante en la ecuación de los negocios del narcotráfico. Casi por regla, las corporaciones de seguridad han estado dirigidas por civiles o militares sobre cuyas personas recaen sospechas de colusión (algunas probadas) con la delincuencia organizada, particularmente el narcotráfico: Miguel Nazar Haro, Mario Arturo Acosta Chaparro, Francisco Sahagún Baca, Jorge Maldonado Vega, Jesús Gutiérrez Rebollo, Oralio Castro Aparicio, Rafael Macedo de la Concha, Genaro García Luna, por mencionar algunos.
Y, por si esto fuera poco, sólo en el curso de la administración de Enrique Peña Nieto al menos 16 ex gobernadores han sido acusados (unos detenidos otros prófugos de la justicia) por numerosos delitos que involucran asociación ilícita con el narcotráfico: Roberto Borge (Quintana Roo); Javier Duarte de Ochoa (Veracruz); Flavino Ríos (Veracruz); Tomás Yarrington (Tamaulipas); Egidio Torre Cantú (Tamaulipas); Eugenio Hernández (Tamaulipas); Guillermo Padrés (Sonora); Luis Armando Reynoso Femat (Aguascalientes); Jesús Reina García (Michoacán); Fausto Vallejo (Michoacán); Humberto Moreira (Coahuila); Rubén Moreira (Coahuila); Rodrigo Medina (Nuevo León); Miguel Alonso Reyes (Zacatecas); Ángel Aguirre Rivero (Guerrero); Andrés Granier Melo (Tabasco).
Hay que recordar que algunos de estos exgobernadores forman parte de esa “flamante” generación política que el actual presidente, Enrique Peña Nieto, presentó como fieles representantes del “nuevo PRI” (Partido Revolucionario Institucional). Y tenía razón respecto a la fiel “representatividad” de estos personajes. Únicamente se equivocó al sugerir que se trataba de un nuevo viento.
Si no recuérdese el turbulento sexenio de Carlos Salinas de Gortari. El clan Salinas es acaso el referente más emblemático del poder político en México. Durante esa administración, el cártel del Golfo alcanzó una posición dominante en el universo del narcotráfico en México, prohijado por el blindaje institucional de la familia presidencial. Juan Nepomuceno Guerra, el fundador del cártel, era compadre de Raúl Salinas Lozano, padre de Carlos, el expresidente, y de Raúl Jr., el criminalmente célebre “hermano incómodo”, quien, por cierto, paso diez años en la cárcel (1995-2005) por el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu, y por otros delitos tales como lavado de dinero, enriquecimiento ilícito, nexos con el narcotráfico etc.
En 1999, un informe suizo ratificó estos contubernios delictuosos del clan Salinas: “Ya desde finales de la década de los setenta, los hermanos Carlos y Raúl Salinas de Gortari fueron introducidos en el negocio de las drogas por su padre Raúl Salinas Lozano, quien hubiese visto con más agrado a Raúl a la cabeza del Estado en México; sin embargo, se decidió a darle el apoyo necesario a su hijo Carlos, debido a que el modo de vida no loable de Raúl no le hubiese permitido ocupar un alto cargo en la política” (Proceso, 30-I-1999).
Dos años antes (1997), la procuradora de Suiza, Carla del Ponte, presentó un reporte que detallaba las conexiones de políticos mexicanos con la delincuencia organizada. De acuerdo con el testimonio de un informante protegido del cártel de Cali, en 1990 se celebró una reunión en México con diversos jefes criminales a la que acudieron “Arturo Acosta Chaparro, Francisco Quiroz Hermosillo, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa Patrón y José María Córdoba Montoya” ( sinembargo.mx 7-VIII-2015). Éste último fue el más cercano asesor de Carlos Salinas durante su mandato.
En 1997, Manlio Fabio Beltrones Rivera fue acusado por la DEA en Estados Unidos de brindar protección al cártel de Juárez de Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”. De acuerdo con el informe suizo antes referido, Emilio Gamboa Patrón negoció con el cártel del Golfo los 114 millones de dólares que fueron depositados a nombre de Raúl Salinas de Gortari en la banca de Suiza ( ibidem ). En la actualidad, Beltrones Rivera es el presidente del PRI, y Gamboa Patrón es el coordinador de la bancada priísta en el Senado.
Por último, una tercera omisión (también objetiva) en la que incurre aquel estribillo de “fue el narco” es que en México prevalece una tasa de impunidad de 95-100% respecto a todas las modalidades de delito (con minúsculas variaciones en las distintas entidades federativas); una cifra que, por sí sóla, da cuenta de un éxito formidable, en donde el objetivo de las instituciones no puede ser la justicia sino la impunidad.
En este sentido, la pregunta no es por qué México reporta estadísticas humanamente impresentables. Hasta un adolescente entiende que el “imperio de la ley” de “plata o plomo”, que es la ley del narcotráfico, comporta escenarios de terror, muerte y destrucción a gran escala.
La pregunta que urge formular en México es por qué el narcotráfico en México es clase gobernante.
__________________________________________________
Fuente: https://lavoznet.blogspot.com.ar/2017/08/el-narcotrafico-en-mexico-es-clase.html

jueves, 17 de agosto de 2017

Días difíciles para el PRI


Parecería contradictorio decir que los actuales son días difíciles para el PRI pues, después de todo, a pesar de que perdió más de un millón de votos en las cruciales elecciones del Estado de México hace escasos dos meses, su candidato salió victorioso y Alfredo del Mazo pronto se sentará en el palacio de gobierno de Toluca tan campante como lo hicieron antes que él sus copartidarios Eruviel Ávila, Peña Nieto, Arturo Montiel y tantos y tantos otros desde hace casi un siglo. Pero sí, a pesar de la victoria mexiquense, también difícil, de julio pasado, estos días son igualmente, de hecho más difíciles para los priistas.
Se trata de que ya en plena carrera para el otro julio, el de las presidenciales del 2018, el PRI enfrenta un desafío mucho mayor al que enfrentó en el Edomex. Poniendo brevemente la cuestión se trata de dos problemas peliagudos: primero, la elección de su candidato presidencial y después la de la gigantesca tarea de lograr que sea el sucesor de Peña Nieto en la silla del Zócalo-Los Pinos.
Ningún presidente priista anterior a Peña Nieto tenía una situación tan deteriorada ante el conjunto de la población como él. Y eso incluye ni más ni menos a Díaz Ordaz, a Echeverría, a López Portillo, a De la Madrid, a Salinas de Gortari y al penúltimo de ellos el mediocre y gris Zedillo, quien lleva el estigma de haber sido el presidente priista derrotado por la oposición panista en el 2000. Siete personajes nefastos, nefastísimos sin duda, pero ninguno de ellos estaba en las condiciones de Peña Nieto, odiado y rechazado por la absoluta mayoría de la población. Por ejemplo, Díaz Ordaz, el verdugo de Tlatelolco, en el fin de su sexenio gozaba de una amplia aprobación de la burguesía, de sectores mayoritarios de la pequeña burguesía conservadora y después del 2 de octubre histórico mantuvo en completo control al país. De los demás se puede decir lo mismo eran muy repudiados por importantes sectores de la población, pero ese repudio no era tan abrumadoramente mayoritario como lo es hoy el que carga Peña Nieto con niveles de aprobación inéditos de sólo el 10 por ciento de la población o aún menos. En síntesis, el priismo mantenía una base social muy fuerte y aunque ciertamente ya estaba sometida a tendencias poderosas de erosión política, todavía le permitía victorias desahogadas.
El panorama para el PRI es hoy desolador: el triunfalismo del “Pacto por México” del inicio del gobierno de Peña Nieto se desplomó rápidamente y hoy tanto el PAN como el PRD, sus antiguos aliados buscan por su cuenta otro pacto (un posible Frente Amplio Opositor) para confrontarlo en 2018. El PRI no ha podido conseguir la mayoría necesaria con sus apoyos de la chiquillada (PVEM, PES y Panal) para lograr la aprobación de la propuesta de ley de seguridad interior, que le dé el marco de acción a las fuerzas armadas en las calles y el mando único policiaco. Ha perdido gobiernos estatales tradicionalmente priistas (¡Veracruz!) y hoy gobierna en menos de la mitad de los estados. No sólo eso, sino que las funestas consecuencias de las tropelías de varios de los gobernadores del “nuevo PRI” tan cacareado por el peñismo, son los ejemplos más conspicuos de la corrupción rampante reinante en la política oficial. El tricolor se enfrenta al desprestigio social por los escandalosos casos de ex gobernadores como Tomás Yarrington, Javier Duarte de Ochoa, Roberto Borge, Humberto Moreira y César Duarte Jáquez.
Todo esto es el asiento de lo que se puede denominar la gestación de una dura puja de las camarillas, con posibles rupturas, si las tensiones existentes no se controlan. Eso es muy evidente en las discusiones preparatorias de la próxima asamblea nacional del partido de este mes de agosto. En las mesas en que se discutirán los documentos que se presentarán a la plenaria destaca sin duda la cuestión de cómo se nominará al candidato presidencial. Para Peña Nieto una ratificación por la asamblea de la decisión de que el candidato no puede ser “externo” sino salido de las filas del partido con una militancia de por lo menos diez años y haber sido electo para un cargo, le restringe la selección de posibles “favoritos” como Meade y Nuño.
La mezquina “democracia burguesa” que ha sustituido al régimen tradicional de partido único de facto no se demostró ser un verdadero cambio cualitativo como fue notorio durante los aciagos sexenios panistas de Fox y Calderón. Para el 2018 se proyectan tres bloques burgueses cuyo enfrentamiento promete ser muy duro. Para el PRI y para el bloque panista y perredista, quienes cargan con la principal responsabilidad de la situa-ción de crisis que es la dominante en el país, es prioritario evitar el triunfo de Morena y su candidato López Obrador, que se postulan como las alternativas “creíbles” ante el fracaso de los primeros.
Los estrechos márgenes que tiene la democracia burguesa existente se hacen evidentes cuando se proyectan posibles escenarios como consecuencia de las elecciones de 2018. Un triunfo de Morena, aunque sea un partido hecho a la medida de su líder, significaría el posible desbordamiento de grandes sectores masivos que creerían que ha llegado su hora. Pero un freno, para no hablar de un fraude, que significara el mantenimiento del priismo como la fuerza hegemónica en el estado, posiblemente no sería tolerado. Una operación como la del Edomex el pasado julio, pero multiplicada por cien podría ser el detonador de un levantamiento de profundas consecuencias.
Son decisiones que tendrán que tomar los oligarcas en los próximos meses, decisiones, por supuesto, muy difíciles que determinarán cuál será el curso de la lucha en la los próximos años. 

Unidad Socialista N° 65, editorial, agosto-setiembre de 2017 

jueves, 20 de julio de 2017

Morena: el costo de la silla presidencial

Ricardo Orozco


Luego de las elecciones locales, en las que el Movimiento de Regeneración Nacional se coronó con una victoria indiscutible en términos de su potencial para movilizar estructuras de base, el partido que lidera Andrés Manuel López Obrador se ha mostrado con una actitud conciliadora que, por lo menos en lo que respecta a primeras impresiones, ha sorprendido a adeptos y detractores. Y es que, si bien es cierto que las alianzas políticas de las que se vale Morena, en general; y López Obrador, en particular; siempre se han desplazado entre la izquierda y la derecha por igual, también lo es que pocas veces en la historia del dos veces presidenciable, y aún menos en la del partido, la visibilidad y lo explícito de los acuerdos que ambos establecen con políticos de otras nomenclaturas o empresarios es escasa.

Dos aspectos, no obstante, revisten especial importancia para el análisis de la presente coyuntura. El primero de ellos, sin duda, es el hecho mismo de que Morena esté buscando hacer las paces con la mayor cantidad de actores posible. Y lo es, de entrada, porque López Obrador parece haber comprendido —luego de dos campañas presidenciales en las que su moneda de uso corriente fue la afrenta directa con sus opositores—, que aunque lo contestatario de su discurso resulta atractivo para determinados sectores de la población, desencadena efectos repelentes en esos otros segmentos que, sin ser parte del vulgo, deciden resultados electorales y la instrumentación de políticas públicas específicas por la vía financiera.

Pero también, porque, de un lado, las personalidades que se van sumando al proyecto de López Obrador —que de manera tan pomposa se decidió nombrar Acuerdo Político de Unidad para la Transformación del País—, dan muestra de las fortalezas con las que Morena llegará a los comicios de 2018; y del otro, porque esas mismas figuras visibilizan (aunque no de manera tan expresa), lo mismo la descomposición interna de las estructuras dentro de las cuales habían encontrado la plena satisfacción de sus intereses que las debilidades de los mismos para (re)organizarse en sus coaliciones tradicionales.

No es un dato menor, por ejemplo, que entre los nuevos estrategas de Morena se encuentren representados por igual los intereses de los tres principales monopolios en materia de radiodifusión y telecomunicaciones; por intermediación, claro, de las personas de Marcos Fastlitch, suegro del presidente de Grupo Televisa, Emilio Azcárraga; de Esteban Moctezuma, presidente de Fundación Azteca; y de Miguel Torruco, consuegro de Carlos Slim. Así como tampoco lo es que María Asunción Aramburuzabala, Alfonso Romo Garza, Jaime Bonilla y Raúl Elenes Angulo se hayan sumado a la lista de beneficiarios/benefactores del Movimiento de Regeneración Nacional.

Sobre los primeros dos personajes, el dato importante es que apersonan la búsqueda de beneficios propios, pero, al mismo tiempo, haciendo las veces de vocería de las dos empresas que en 2006 y 2012 se encargaron de fungir como caja de resonancia para la campaña mediática con la que se atacó a Obrador. Respecto del tercero, trasciende que se suma a los ya varios adeptos que el Morenismo ha extraído de las huestes formadas en Grupo Carso. Los demás, por su parte, resultan ser aliados peculiares por sus nexos, muy próximos, a las figuras de los expresidentes Carlos Salinas de Gortari y Vicente Fox Quezada; circulo en el que se introducirían a las más recientes adquisiciones de Morena: Manuel Bartlett, funcionario central en los hechos de la caída del sistema, en los comicios de 1988; y Lino Korrodi, principal operador financiero de la campaña panista en 2000, a través de Amigos de Fox.

Del lado de la izquierda ideológica, las dos personalidades que más hacen ruido son las de Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez; ambos, cofundadores del Partido de la Revolución Democrática (junto con Cuauhtémoc Cárdenas, quien niega a sumarse a la propuesta de Morena). Y es que si bien el PRD ya destaca más en el imaginario colectivo nacional por su asimilación a la agenda programática del priismo y del panismo que por las nulas banderas ideológicas con las que navega luego de su adhesión al Pacto por México—, la captación de talentos partidistas en la que se ha traducido el proselitismo Morenista de Martínez y Muñoz Ledo representa una ventaja que se traduce, principalmente, en la captación de recursos y movilización de las bases de apoyo locales.

Suponiendo que todos sepan para quién trabajan, y que cada uno trabaje para quien dice hacerlo, el dato revelador de las recientes alianzas firmadas por López Obrador es que dan señas de que las cosas no están bien en algunos de los principales círculos del priismo de la vieja guardia —por parte del perredismo, es claro que las cosas no transitan desde la resaca de 2006. Es significativo, en este sentido, que las agendas de Enrique Ochoa, líder nacional del PRI, y de Aurelio Nuño, titular de la SEP y suspirante presidencial, van en sentidos divergentes. Pero también, que una fracción del Partido Verde (PVEM) en el Sur de la República ya esté buscando su emancipación (sólo en términos electorales) para los siguientes comicios, o que el Grupo Sonora —origen ideológico del priismo, del caudillaje, el corporativismo y el clientelismo contemporáneos del sistema político mexicano— se encuentre desalineado de las directrices del partido.

Porque más allá de la previsible candidatura de Antonio Meade para el 2018, lo que parece estar en el fondo del asunto no es, precisamente, la designación del candidato Oficial, sino que el tradicional sistema de cuotas y redistribución de las ganancias al interior del régimen no está siendo tan democrático como se habría esperado que fuese al asumir la presidencia de la República el Grupo Atlacomulco. Así que, de continuar con la tendencia hasta ahora observada en las firmas que se van sumando al Acuerdo Político de Unidad, lo que quedará cada vez más claro es en dónde se encuentran y qué tan profundas son las fracturas internas del priismo —que López Obrador podrá explotar para conseguir mayores dividendos electorales el próximo año.

Ahora bien, respecto del segundo punto de interés para el presente análisis, lo que no deja de inquietar es que Morena esté buscando aliarse, primero, con miembros del empresariado al que el mismo líder de Morena no ha dudado en nombrar Mafia del poder; y luego, con políticos de todas las identidades partidistas a las que por doce años declaró estar enfrentando. Porque, más allá de que Morena disponga solicitar una carta de arrepentimiento o de desafiliación de los partidos que se oponen a Morena, o de que López Obrador tenga razón al afirmar que todos los humanos erran y siempre son susceptibles de corregir su destino; esas amistades le pueden cobrar una factura muy cara a Morena en las urnas.

Es claro que, como en algún espacio comentó Paco Ignacio Taibo II, uno de los principales ideólogos del Morenismo, la alianza del partido con los ciudadanos, con sus fuerzas de base, ya está fincada, luego de construirse y consolidarse durante doce largos años en los que se atravesaron dos agresivas campañas presidenciales. Y es claro, asimismo, que las coaliciones con empresariado y figuras políticas de otra extracción partidista tienen en la mira reducir al mínimo la resistencia institucional, de los tres órdenes de gobierno y los tres poderes públicos, al proyecto obradorista; además de enfocarse en la captación de recursos.

El problema es, no obstante, que esa alianza de la que Taibo II presume no está fincada en pilares lo suficientemente sólidos como para no quebrarse. Si los resultados que mostraron los sondeos realizados en las elecciones de junio pasado (en los que se determinó que el núcleo duro del voto Morenista proviene, en general, de los sectores medios con niveles considerables de escolaridad y cultura política), son representativos de algo, la consecuencia lógica de las recientes adhesiones al Acuerdo de Unidad de Obrador es que se rechacen: en la tónica de equiparar al partido con sus similares por el puro hecho de utilizar las mismas estrategias electoreras.

Después de todo, uno de los principales atractivos del discurso de Morena, en general; y de Obrador, en particular, a lo largo de poco más de doce años, era que en su agenda programática planteaba, de manera explícita, una diferencia sustancial respecto de la tendencia al amasiato a la que son propensos el resto de los partidos políticos nacionales. De aquí que, aunque se entiende que sumar adeptos abona a la consecución de la victoria política, el costo es atizar la percepción de que esa victoria debe ser alcanzada con independencia de los medios. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, el orgullo y la euforia que le representaba a los integrantes del partido el que éste estuviera constituido por figuras emblemáticas de la academia, la sociedad civil, las comunidades obreras, la cultura, etcétera?

Las preguntas centrales aquí, por tanto, redundan en determinar cuáles son los criterios éticos a los que se está apelando al interior de Morena para determinar en qué momento concede la absolución a quienes fueron sus opositores con anterioridad, por un lado; y por el otro, en saber si esos límites se extenderán (en el supuesto de que se llegue a la presidencia) de manera tal que el costo de la alianza deba ser pagado justo en los mismos términos en los que el PRI, el PAN y el PRD suelen pagarlos. Y es que no debe pasarse por alto que la adhesión de estos personajes al Morenismo no es un cheque en blanco, tiene un precio predeterminado. Además, la cosa no funciona admitiendo la alianza en este momento para romperla después de obtener el triunfo. Las consecuencias que enfrentaría Morena para gobernar, si traiciona las alianzas que construye ahora, serían tan nefastas como las que enfrentan los gobiernos de oposición en algunas entidades: incremento de la delincuencia común, de la violencia, del desempleo, etcétera. ¿Qué precio estuvo dispuesto a pagar Obrador para consentir la acción?

En última instancia, no debe perderse de vista que si los intereses que aglutina Obrador en torno de su propuesta política son lo suficientemente sólidos y densos, éstos no perderán la oportunidad de condicionar y/o determinar los rumbos que Morena y su proyecto partidista toma en lo sucesivo. Y lo cierto es que López Obrador se acerca, sin mucha precaución, a este escenario.
________________________________________________
Publicado originalmente en: https://columnamx.blogspot.mx/2017/07/morena-el-costo-de-la-silla-presidencial.html

lunes, 3 de julio de 2017

Luis Videgaray o el suicidio del PRI o la entrega de México a Estados Unidos


Arsinoé Orihuela
En Brasil, se usa decir: “No pasarán”. Y se usa por la población para decir que “no pasarán” los fascistas y golpistas. Es decir, que no triunfarán las fuerzas del fascismo inoculado en ese país y otros del cono sur (Venezuela es el caso más agravado). Y uso la consigna para decirles a esos a cuyas personas alude este artículo que en México “no pasarán”. No pasarán los Videgaray, ni los Trump, ni los Calderón, ni los Bush, ni los Salinas de Gortari, ni los Clinton. En 2018, a México le espera un duelo contra las añejas, corruptas y beligerantes castas políticas nacionales.
En la última publicación, se advirtió acerca de eso que un escritor uruguayo llamó “el suicidio de los partidos políticos” (http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/el-suicidio-de-los-partidos-politicos-o.html). Y eso es exactamente lo que está en puerta, en la antesala de la elección de 2018: la muerte asistida del único partido gobernante en México –el Partido Revolucionario Institucional (inclúyase las ramificaciones caleidoscópicas de pelaje azul o amarillo o verde). El PRI-partido firmó anticipadamente su carta de defunción en 1992, con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El funeral es el próximo año (2018).
Históricamente, “el Partido” (como lo conocen sus prosélitos) definió las formas y fórmulas de la política en México. La totalidad de las decisiones de interés político discurrían por los canales del partido. A diferencia de otros países homólogos (Latinoamérica), en México el significante material e inmaterial de la política no recayó exactamente en la figura de un líder bonapartista-caudillista (como Perón en Argentina o Getulio en Brasil). En México, la soberanía política del siglo XX descansó en el Partido Revolucionario Institucional (esa entelequia decadente que el no tan nobel Mario Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta”, acaso la única contribución valiosa que aportó ese inescrupuloso escritor al análisis de la región). El campo político en el que se dirimió la cosa pública durante un centenar de años en México fue el PRI. Esta institución, que constituía el pivote del sistema político, contó con facultades metalegales extraordinarias: por ejemplo, la elección del “candidato-presidente”, que por muchos años fue una decisión exclusiva del partido, aún durante la mal llamada “transición democrática” (que en nuestro país consistió en un tránsito pactado de un centro-derecha a una derecha confesional sin recatos de clase).
Pero la evidencia sugiere que eso llegó a su fin. El PRI está en agonía pre mortem . Y la estocada final es 2018.
Pero cuidado: esa muerte anunciada no es por una potencial derrota del PRI en la elección del año entrante (eso todavía es difícil de prever, aunque absolutamente deseable); ni tampoco por un desterramiento de la cultura política que ese partido prohijó e instaló a sus anchas en un país condenado al clientelismo o el ostracismo o la muerte (y que perdura en no pocas esferas de la política nacional). El PRI-partido murió porque perdió esa “facultad metalegal” otrora incontestada: la selección del “candidato-presidente”. A partir de 2018, el candidato a la presidencia no será elegido por el partido: lo elegirá Estados Unidos.
Por eso la carrera por “la candidatura” discurre por otros canales. En el presente, competir por la presidencia en México involucra esencialmente hacer campaña en (con) Estados Unidos. El guiño y los amarres no apuntan a los correligionarios del partido. El “lobby” tampoco contempla el longevo imperativo de conseguir la aprobación de las diferentes fracciones intestinas. Las “camarillas” están desdibujadas, y mudan sus “lealtades” con más promiscuidad que las componendas matrimoniales de “La Gaviota” (de acuerdo con el testimonio de las malas lenguas). Y en ese río revuelto, los más astutos e innobles perfilan aspiraciones presidenciales, naturalmente cosechando simpatías con el soberano en turno: Washington.
Y adivinen quién es el puntero: sí, el secretario de relaciones exteriores, Luis Videgaray Caso.
Para nadie es un secreto que Luis Videgaray es un operador de Estados Unidos, y de las oligarquías domésticas beneficiarias del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Él mismo ha dicho que su prioridad es la renegociación de ese acuerdo. Y eso explica que el canciller responda al comando de Washington; que participe personalmente en la planeación del “muro Trump”; que encabece el proyecto de la construcción del muro en la frontera México-Guatemala; y que abrace con ahínco desenfrenado la causa anti-Venezuela en la Organización de Estados Americanos (OEA). Luis Videgaray es una especie de “encomendero” de la “era global”, al servicio de Estados Unidos, y de ese no-proyecto de nación que tiene al país postrado en la ignominia: “El México neoliberal itamita y su fracasado modelo maquilador/librecambista quedó amurallado: al norte, el muro Trump, y al sur, el muro Videgaray con Guatemala” (Alfredo Jalife Rahme en La Jornada 12-II-2017).
Cabe recapitular lo sostenido en otra oportunidad:
“ Al gobierno de México lo único que le preocupa es la renegociación del TLCAN. Y es absolutamente omiso con las deportaciones masivas y la fractura de familias mexicanas que está teniendo lugar en Estados Unidos. La suerte de los migrantes nunca fue de ningún interés para las elites gobernantes: el TLCAN que esas propias elites firmaron, expulsó a millones de mexicanos a Estados Unidos. Y ahora que están a punto de sufrir una segunda expulsión, de Estados Unidos a México, el gobierno mexicano está cruzado de brazos, haciendo como que la virgen le habla, y renegociando humillantemente un tratado que dejó muerte y destrucción en suelo nacional… En materia política, el ascenso de Trump dejó huérfanas a las élites gobernantes. No tienen fuerza ni siquiera para movilizar populistamente a la población. Por añadidura, México no cuenta con el apoyo de los gobiernos latinoamericanos. El TLCAN fue un harakiri político: la clase política en México eligió el proyecto con base en la geografía y por oposición a su historia y cultura. El Estado no tiene brújula, no tiene dirección. La política exterior es de persistente deshonra y humillación: el alto funcionariado mexicano lanza gestos de amistad a un gobierno –el de Estados Unidos– que responde con aspavientos de enemistad e insulto llano. México es un peón acasillado” (Leer artículo completo en http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/04/que-significa-el-triunfo-de-donald.html).
Si el proyecto de “nación” es la entrega de la nación a Estados Unidos, Luis Videgaray es la figura política más calificada para tomar las riendas de ese continuum. La muerte anunciada del PRI le confiere algunas libertades para despreciar al partido, y posicionarse –no sin recato– frente a la metrópoli: “(…) El canciller tiene que dedicarse de tiempo completo a esto (de renegociar el TLCAN) y mantener la neutralidad política… Tengo una militancia de la cual estoy muy orgulloso pero que no ejerzo, estoy dedicado a ser canciller… Tengo mi militancia guardada en un cajón” ( El Universal 26-V-2017).
Pero en Estados Unidos están preocupados por la elección de 2018 en México. En abril del año en curso, el senador republicano John McCain dijo: “Si las elecciones fueran mañana en México, probablemente se tendría a un antiestadounidense de ala izquierdista como presidente de México. Eso no puede ser bueno para Estados Unidos”. Y, para redoblar la consternación con guiño cómplice a las élites mexicanas, el secretario de seguridad interior, John Kelly remató: “No sería bueno para Estados Unidos ni para México” ( El Financiero5-IV-2017).
No debe asombrar a nadie que desde Washington dispongan nombrar a Luis Videgaray como candidato para la elección presidencial de 2018. Hasta ahora, el secretario de relaciones exteriores ha sido su más fiel acólito y operador.
El PRI está en la antesala del suicidio. Estados Unidos necesita neutralizar políticamente a México. La inercia anexionista es arrolladora. El puntero en las preferencias electorales de 2018 es “un antiestadounidense de ala izquierdista” (sic). Y Washington está intranquilo.
No pasarán.
Fuente: http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/luis-videgaray-o-el-suicidio-del-pri-o.html