miércoles, 31 de enero de 2018

La militarización de México

Jaime Luis Brito

La Ley de Seguridad Interior, aprobada recientemente por el Congreso de la Unión de México, es el último paso del proceso de militarización que inició con fuerza en la época de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988) y Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), y que se radicalizó de manera brutal con Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012), a lo que Enrique Peña Nieto ha dado continuidad. En el fondo, la decisión de De la Madrid y Salinas acompañó los cambios económicos neoliberales, mientras que Calderón y Peña Nieto lo radicalizaron, particularmente el primero, para tratar de legitimarse. El momento que vivimos en este proceso es espeluznante porque se traduce en la legalización de la guerra de exterminio contra la población mexicana, particularmente contra sus jóvenes, que en 11 años ha tenido un costo humano inconmensurable y que ha nos lleva a la pérdida de una o varias generaciones de mexicanos.Después de la Masacre del 2 de octubre de 1968 en la que participó el Ejército, y según pruebas gráficas presentadas hace algunos años por el Canal 6 de julio, respondió a una provocación de otros militares, los que se agrupan en el Estado Mayor Presidencial, el desprestigio de las fuerzas armadas mexicanas y su calificación como instrumento de la represión gubernamental se fue instalando la percepción de grupos cada vez importantes de mexicanos.
Por muchos años los militares, después de estos hechos, estuvieron, como lo establece la Constitución, confinados a los cuarteles. Se trata, no hay que olvidarlo del Ejército que nos heredó la Revolución Mexicana. Sin embargo, en el viraje económico del gobierno mexicano ocurrido a finales de los 70 y principios de los 80, y que se profundó dramáticamente a principios de los 90, con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, trajo consigo también la utilización, por primera vez de manera generalizada, de las fuerzas armadas en funciones de policía.
Para aplicar el neoliberalismo es necesario reforzar los mecanismos de control autoritario. Cuando el experimento comenzó en Chile, se hizo en el contexto de la dictadura de Augusto Pinochet, la que comenzó en 1973 con el golpe de Estado. Así que Carlos Salinas de Gortari abrió la puerta de los cuarteles y les encargó el combate a los plantíos de marihuana y de cierta manera el sometimiento de los cárteles.
Luego, justamente las reformas neoliberales precipitaron el levantamiento armado en Chiapas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), lo que trajo como consecuencia el aumento de la presencia militar, particularmente en el sureste mexicano y en aquellos territorios en los que se sospecha existe presencia de grupos armados. Ernesto Zedillo fue más allá y accedió con singular alegría a las propuestas siempre presentes del Ejército norteamericano de formar a los oficiales mexicanos, como hizo en todo América Latina, así que se creó una fuerza de élite en el Ejército y la Marina, formada por los estadounidenses.
Al final, una parte de estos efectivos militares mexicanos terminaron, primero, al servicio de los cárteles y luego creando sus propios grupos o encabezando células autónomas, que dieron un vuelco salvaje en la guerra de la delincuencia organizada. Las prácticas que militares norteamericanos mostraron en sus guerras contra el mundo, las de los Kaibiles guatemaltecos, la de los franceses en Argelia, la de los gorilas herederos de los nazis refugiados en Argentina, las hemos vivido en las calles, en miles de mexicanos que han perdido la vida en los últimos 11 años.
Y es que justamente el siguiente paso, ante la imposibilidad de control de la inconformidad social en aumento por la terrible concentración de la riqueza que democratiza la miseria, hizo que un gobierno cada vez más débil por representar menos a la población, decidiera sacar al Ejército a las calles. Eso fue lo que hizo Felipe Calderón en medio de la elección más cuestionada de la historia, hasta ese momento.
Durante la guerra contra el narcotráfico, el gobierno mexicano decidió atacar un avispero con un rifle de asalto. El resultado está a la vista. Los cárteles de la droga se multiplicaron e incrementaron su capacidad de fuego, de acción y de control de territorios, mientras que México dejó de ser país de tránsito y se convirtió también en un mercado importante de las drogas, en tanto que la violencia no se detiene y en su etiología no sólo están los grupos criminales sino también la presencia cada día más fuerte de las fuerzas militares.
Calderón decidió la militarización del país por decreto, de facto. Los militares obedecieron la orden, pero nunca estuvieron tranquilos. Ellos tampoco olvidan el 2 de octubre, así que a lo largo de todo ese sexenio, en público y en privado, demandaron al Congreso de la Unión, las medidas legales que normalizaran jurídicamente la acción inconstitucional de que hacer las veces de policía.
Eso sólo fue posible hasta finales de 2017, cuando los legisladores federales aprobaron, sobre las rodillas, la Ley de Seguridad Interior, una de las reformas que más inconformidad ha provocado, no sólo en el territorio nacional sino afuera. La reforma es a todas luces regresiva y nos lleva a la posibilidad de que masacres como la de Tlatlaya se multipliquen por todo el territorio nacional. Los militares no están capacitados para hacer labores de control y disuasión, sino para exterminar.
La Ley de Seguridad Interior significa la legalización de la guerra de exterminio contra la población mexicana, particularmente los jóvenes. No es la guerra contra los cárteles, porque hay pruebas suficientes para afirmar que la decisión de Calderón, ratificada por Enrique Peña Nieto, de sacar a los militares de sus cuarteles no funciona. No se han debilitado los cárteles de la droga, al contrario, se fortalecen y multiplican sus ámbitos de operación. No sólo crean mercados de consumo, también establecen “cadenas de valor”, combinando la producción, trasiego, venta y distribución de las drogas, con la trata de personas para su esclavitud sexual o laboral, para el mercado interno o la exportación, dejando a miles de familias mutiladas por la desaparición de uno, o varios, seres queridos.
Mientras los militares dominan mayores espacios de la llamada seguridad en el país, como lo han hecho aceleradamente desde 2006, las cifras de muertes en el país se acumulan y año con año se superan a sí mismas, mientras que el número las personas desaparecidas supera con mucho lo ocurrido en otros países del Cono Sur o de Centroamérica que fueron sometidos a dictaduras militares o a guerras civiles durante varias décadas. En tanto, poblaciones enteras han sido desplazadas por la falta de alternativas para hacer frente a la inseguridad o simplemente, la enorme mayoría de los mexicanos han tenido que cambiar su modo de vida para paliar un poco el estado de indefensión en el que las autoridades los mantienen. Todo esto se puede corroborar en la última encuesta que sobre inseguridad hizo el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi).
Por todo ello, no podemos aceptar que la solución al problema de la violencia, la inseguridad y el crimen organizado se cosa de tener más militares, con amplias libertades, en la calle. Porque ya ha demostrado que no está listo para ello. Investigaciones que han hecho reporteros independientes en la serie Pie de Página, demuestran que los soldados no tienen experiencia para el trabajo en zonas urbanas, e incluso rurales, para hacer una guerra contra “un enemigo” que no está del todo identificado. Así que es muy fácil, y cada vez más frecuente, que termine atacando a todo lo que se mueve, incluyendo civiles a los que no podemos considerar “bajas colaterales”.
Es fundamental entonces la discusión que tendrá que darse en los próximos días en la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), derivada de los recursos de impugnación que distintos poderes, niveles de gobierno e instituciones están haciendo. La Corte se encuentra frente a una decisión que nos puede poner a todos frente a la mira de un rifle militar o, en caso de rechazar la legislación, puede obligar a los políticos a escuchar a la ciudadanía, que sí tiene propuestas y opciones para enfrentar el problema de la inseguridad y la violencia. Aunque claro, quizás es el mayor problema, los políticos hablan entre ellos, o se gritan, pero no escuchan a los ciudadanos, de quienes están cada vez más alejados.
@Patrio74
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martes, 12 de diciembre de 2017

Diez tesis y un colofón sobre la candidatura de José Antonio Meade

Arsinoé Orihuela Ochoa

1. En un artículo publicado en junio del año en curso se dijo: “Lo que está en puerta, en la antesala de la elección de 2018, es la muerte asistida del único partido gobernante en México –el Partido Revolucionario Institucional. Pero atención: esta muerte anunciada no es por una potencial derrota del PRI en la elección del año entrante (eso todavía es difícil de prever), ni por un desterramiento de la cultura política que ese partido prohijó e instaló a sus anchas en un país condenado al clientelismo o el ostracismo o la muerte. El PRI-partido murió porque perdió esa facultad metalegal otrora incontestada: la selección, por dedazo ‘doméstico’, del ‘candidato-presidente’. En la elección de 2018, el candidato a la presidencia no será elegido por el partido sino por Estados Unidos”. José Antonio Meade, candidato ungido del PRI para la elección federal de 2018, es el subproducto de una negociación entre la fracción ultra-neoliberal del PRI –representada por el canciller de México Luis Videgaray Caso– y la administración de Donald Trump –representada por el consejero de la Casa Blanca Jared Kushner–. No es accidental que Meade –el candidato del PRI– ni siquiera sea un militante del partido (PRI). Le asistió la razón al uruguayo José Enrique Rodó cuando dijo, acaso proféticamente, que los partidos no mueren por causas naturales, sino que se suicidan. Así como Donald Trump es el harakiri del Partido Republicano y el régimen bipartidista estadunidense, José Antonio Meade es el harakiri del PRI y el régimen de partidos mexicano. 

2. El PRI ayudó a Donald Trump a conquistar el poder en Estados Unidos, tras aquella visita del ahora mandatario estadunidense a México que, por cierto, concertó, a espaldas del público, Luis Videgaray. En retribución, la administración de Trump asesora al PRI para conquistar la elección de 2018. Esto explica que el PRI apostara por un candidato ajeno al establishment partidista. El PRI está acudiendo a la misma fórmula del Partido Republicano: la postulación de un candidato “outsider” –José Antonio Meade– arrastrado por el último suspiro de la maquinaria partidaria.

3. José Antonio Meade es el fin del régimen de partidos en México. Algunos “apparatchiks de partido” querrán salvar el régimen apoyando a Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Ese “voto” discurrirá en la secrecía. AMLO es el costo que está dispuesto a pagar el Ancien Régime para conservar los privilegios inherentes a la partidocracia. ¡Qué ironía! AMLO pronunció aquella célebre consigna de “al diablo con las instituciones”. Y José Antonio Meade, 12 años después, consumó la petición. 

4. El neoliberalismo consiste en alejar cada vez más al (hipotético) representante del (hipotético) representado. José Antonio Meade, un tecnócrata que nunca fue investido con un cargo de elección popular, es la fase superior de ese divorcio. Los ideólogos liberales lo saben. Pero en la próxima elección, por “chayotismo” o “maiceo”, van a callar.

5. La campaña electoral de José Antonio Meade acudirá al estribillo de la falsa antinomia neoliberal: el regreso al pasado vs. la modernización desideologizada . Porque en eso han sido extraordinariamente exitosos los neoliberales: en calificar de ideología todo lo que precedió al neoliberalismo. En este sentido, la propaganda pro-meadista consistirá, casi unívocamente, en advertir acerca de un posible (y peligroso) retorno al pasado (nacionalismo). Es decir, traficará con la falsa disyuntiva: nacionalismo ideológico vs. modernidad apolítica, sin reparar que esa modernidad apolítica es ideología (dominante), y disfrazando un axioma que cada vez cobra más verosimilitud: a saber, que el neoliberalismo es la continuidad del nacionalismo priista tardío.

6. José Antonio Meade es un cachorro de la ortodoxia neoliberal salinista. La ortodoxia neoliberal salinista tiene dos columnas: uno, narcotráfico; y dos, militarismo.

7. Con el ascenso de Donald Trump al poder en Estados Unidos, México tránsito de un país terciarizado a un país esclavizado, por cortesía de los gobiernos neoliberales y nacionalistas tardíos, que ahora, desesperados por reorganizar la autoridad, acuden –como ya en hecho en otras oportunidades– al narcotráfico y el militarismo para reproducir las estructuras de poder. José Antonio Meade es el candidato del narcotráfico y el militarismo. No es fortuito que unos días después del “destape” la cámara de diputados aprobara la Ley de Seguridad Interior, que significa la utilización del ejército –agente histórico del narcotráfico en México– para fines de seguridad pública (léase narcomilitarización). 

8. José Antonio Meade es el último eslabón de un golpe de estado continuado cuya génesis remonta a la “caída del sistema” en 1988, y que acarreó a México a la pulverización de la soberanía en beneficio irrestricto de Estados Unidos, y a una guerra contra los pueblos disfrazada de guerra contra el narcotráfico. 

9. José Antonio Meade, como Donald Trump, es una criatura del “tercer espíritu del capitalismo” , que se define, entre otras cosas, por la incorporación de una (seudo) crítica contra los desenfrenos del capitalismo, señaladamente la corrupción de los políticos, a fin de allanar (ideológicamente) el ascenso al poder público de los autócratas tecnócratas: a saber, personajes como Meade (o Trump) que gobiernan sin soberano popular y al servicio exclusivo de la técnica de la hiperacumulación. 

10. José Antonio Meade es la carta de defunción del Estado liberal mexicano. 

11. Colofón: “Patria o muerte” no es una consigna. Es un diagnóstico. 
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Afores: clásicas empresas buitre


Miguel Ángel Ferrer
Cada día que pasa es mayor la proporción de ancianos en México. Según algunos criterios sociodemográficos, son ancianos las personas mayores de 60 años. Pero otros criterios, como la edad internacional de jubilación ubican la ancianidad a partir de los 65 años. 

Esa mayor proporción de viejos en la estructura poblacional tiene una causa fundamental: el avance científico y tecnológico, sobre todo en las áreas médicas, que ha conducido a una severa caída en la natalidad y a un aumento muy considerable en la esperanza de vida. La combinación de ambos fenómenos ha generado menos población infantil y juvenil y mayor población de ancianos.

Si hace cincuenta años el problema demográfico central era el exceso relativo de niños, ahora ese problema central es el exceso relativo de viejos. A unos y a otros hay que proveerlos, sin contraprestación alguna, de diversos satisfactores imprescindibles para la vida: alimentos, medicinas, servicios hospitalarios.

Pero, en general, a los infantes los proveen de esos satisfactores sus padres, mientras que, aunque la ley lo establece, es muy difícil y extraño que los hijos provean a sus padres ancianos de esos bienes y servicios.

De modo que, también en general, la ancianidad es la edad del desamparo. Para sobrevivir el viejo no tiene más recursos, cuando los tiene, que una muy pequeña pensión. Según la siniestra Consar (Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro) esa ínfima pensión sólo llega a los dos mil pesos mensuales. En el caso de los ancianos de la Ciudad de México, a esos dos mil pesos (cuando los hay) se suman los mil pesos que aporta a cada anciano mayor de 70 años el gobierno de la urbe.

Ante esta dolorosa realidad que los ahora jóvenes van a vivir tarde o temprano es necesario acudir al expediente del ahorro. Porque, como dice el refrán español, “el que come y deja, dos veces pone la mesa”.

Este ahorro puede consistir en dinero o en una o más propiedades inmobiliarias: una casa, un departamento o un terreno que, en caso de necesidad, pueda venderse y que con el producto de la venta pueda vivir el anciano los últimos años de su existencia. En el ahorro, pues, está la clave de una vejez sin carencias y sin angustias.

En México, para el caso de los trabajadores tal ahorro puede ser voluntario o forzoso. La ley establece un mecanismo para esta última situación: el Sistema de Ahorro para el Retiro. Los ahorros del trabajador se depositan en una empresa privada llamada Administradora de Fondos para el Retiro (Afore). Teóricamente esta Afore guarda el dinero del ahorrador y puede invertirlo a fin de que esos recursos tengan un rendimiento que incremente el monto de lo ahorrado.

También teóricamente, ese dinero se le entregará al trabajador cuando cumpla 65 años: los ya dichos dos mil pesillos mensuales. Pero un mínimo de sensatez aconsejaría no incrementar ese ahorro forzoso con ahorros voluntarios.

Ciertamente, el trabajador debe ahorrar lo más que pueda. Pero debe tener cuidado de no poner voluntariamente sus recursos en una cuenta afore sobre la que no ejerce ningún control. Nada ni nadie garantiza que al cabo de cuarenta o cincuenta años, si para entonces todavía existen o no han quebrado o no han huido, esas clásicas empresas buitre que son las Afores reintegren el dinero ahorrado a sus legítimos dueños.

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Blog del autor: www.economiaypoliticahoy.wordpress.com



lunes, 6 de noviembre de 2017

En defensa de la militancia política

Aldo Fabián Hernández Solis

El lugar de la política en los tiempos actuales se encuentra en un proceso de vaciamiento. Es una moda el ser “apolítico”, juzgar a la política como mala y señalar que todos los políticos son iguales. Frente a lo político se presenta al ciudadano “apartidista”, al “independiente”, al “vecino”, como modelo ideal de la acción pública. Es evidente que la crítica generalizada a la política tiene fundamentos reales, ya que se ha convertido en un terreno donde prevalece el fraude, el engaño y la corrupción. Sin embargo, el rechazo a la política es una actitud conservadora que promueve la defensa del satatus quo y es una reafirmación del individualismo. La figura del militante, hoy también blanco de críticas, permite pensar críticamente el vaciamiento de la política.
Ser militante implica un compromiso con una serie de ideas, proyectos u organización, significa trabajar y luchar por ellas. Ganas de participar activamente en la vida publica. La militancia conlleva dedicarle tiempo y recursos, implica defender la postura, debatir con los compañeros y con los contrincantes. Para llevar a cabo una militancia se hace necesario tener una formación política e informarse todo el tiempo. Estas actitudes contrastan con el individualismo predominante en la sociedad actual, donde predomina el desinterés, la lógica económica y la desinformación. De ahí que la militancia sea catalogada como algo ilógico, acción de jóvenes idealistas, una pérdida de tiempo, o el catalogar a los militantes de izquierda como “chairos” en medio de risas bobas.
En tiempos de ambigüedad e individualismo generalizado, tomar partido y defender la postura es además de loable necesario. Asumir el riesgo de nuestras decisiones, comprometerse con las ideas propias, trabajar y comprometerse con algo, son implicaciones de la militancia política, que mejorarían la democracia y la política.
La despolitización de la sociedad es un triunfo del neoliberalismo, que avanza por medio de la lógica “apolítica”. La confianza que despierta la idea de un ciudadano apolítico o apartidista, está bien en tanto señala la corrupción y el predominio del interés económico sobre los ideales, pero es una falsa salida. La actividad política implica preparación, acción constante, formación, ideales, tenacidad, información y sacrificio, es decir militancia. La política no tiene que ser de ocurrencia, buena voluntad e improvisación.
Los “apolíticos” carecen de claridad política, no se asumen partidarios de proyectos o grandes ideas, no defienden posición alguna; su fuerza reside en no tener partido, en ser “ciudadano común” (cualquier cosa que ello signifique) y en una queja, un pesimismo inmovilizador. Frente a esta falsa alternativa está el militante, el verdadero que se mueve por ideales y por un genuino compromiso con la realidad, vanguardia política de la sociedad.
Quienes hayan visto las impresionantes acciones sociales que desencadenaron los terremotos del 7 y 19 de septiembre, esos miles de ciudadanos dando su tiempo y esfuerzo en ayudar, la capacidad de organización, el desinterés, el sacrificio, las ganas de participar; la búsqueda de información, la exigencia al poder y la preocupación genuina por el país, son todas características de una cultura política militante. La defensa de otra política no pasa por darle la espalda o por la invocación de lo “anti-político”, al contrario se encuentra en la irrupción política masiva y por la expansión de una cultura militante.
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La Tijereta ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una liencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

miércoles, 30 de agosto de 2017

¿En qué mundo se realizarían las elecciones de 2018?

Nino Gallegos

Guillermo Almeyra, es quien se pregunta lo de arriba y reempezar lo que sexenalmente es uso y costumbre con lo del presidencialismo en México, existiendo un escenario violento y criminal en el país (de y en) sombras espectrales que Calderón y Peña Nieto, habrán de colgar entre pecho y espalda al presidente que llegue, haiga sido como haiga sido.Es tanta la normalización en la indolencia y la indiferencia sociales que, la crónica de los años y los días redactada a diario con los muertos, los desaparecidos y los desplazados es una afrenta, y no, una ofrenda, morirse de manera natural. No es que sea una afrenta y una ofrenda a la muerte de lo mexicano en los mexicanos, sino que la violencia y el crimen no se cansan con los gobernantes y los gobernados, los narcos y los sicarios, los empresarios y los militares. No porque haya sido el Pacto por México o el reciente Frente Amplio Opositor, tal vez sí y/o quizás no, porque en la anticipación inmediata y mediática estamos pensando y preguntándonos: ¿En qué mundo se realizarían las elecciones de 2018?, y uno responde que en el mundo de arriba, en el cielo de en medio y en la tierra de abajo, siempre y cuando, nos quede claro, transparente y hasta con rendición de cuentas que esto del mundo lo saben mejor Los Zapatistas, no nada más por lo de un mundo posible, acaso por el caos y el ocaso en el país de sombras espectrales, el supuesto Estado fallido mexicano, la corrupción y la impunidad, el muerto, el desaparecido y el desplazado Estado de Derecho.
Los intelectuales que son los sesgadores del año viene con los campesinos que son los segadores de las malas temporadas en el campo, desruralizado y trazado, en carreteras con desarrollos inmobiliarios turísticos, a las horas de las deshoras, no están para entenderse con la astrología urbana y la cosmo(a)gonía rural, cuando se trata, afirmativamente, “de la explotación y opresión del capital para luchar por la liberación nacional y social.”
De julio 2017 a julio 2018, será un año que viviremos en peligro como todos los años sexenales anteriores del presidencialismo contra las drogas de los narcos y las deudas de los ciudadanos, el desabasto de la ética con la mala nutrición de la moral, muriéndose nuestros jóvenes aunque los jóvenes en la plaza de Tahrir siguen pensando y haciendo que la revolución sea más un convicción de conciencia y de condición humana, parando a los gobiernos sucesorios por más faraónicos y militares que sean, o, a los ucranianos que les reventaron los cráneos en la plaza Maidan, mientras en el país de sombras espectrales, conservadoramente, los intelectuales, los libres pensadores, dicen hay que tener cuidado con “los virajes autoritarios”, como si los muertos, los desaparecidos y los desplazados fueran nomás los daños colaterales de un Estado fallido que no ha podido en la guerra contra las drogas y lo que en ellas se generen con los virajes autoritarios y con los viajes imaginarios y maravillosos en petates voladores a un país que no es de este mundo sino quizás sí y/o tal vez no, de otro mundo raro a lo José Alfredo Jiménez, donde la vida no vale nada.
Si el país en que vivimos, sobrevivimos y malmorimos, pues, qué mundo, pus/pos(t)verdadero, el de las sombras espectrales como en el mundo de Comala con su Media Luna, ¿la del Medio Oriente o la mexicana?, las rojas, violáceas, violentadas y violadas. Cuando nos constreñimos únicamente a México, nos gana una depresión provinciana del tamaño del mundo que no hayamos qué hacer con los hijos como futbolistas o narcos e hijas levantadoras de pesos o buchonas que, no corresponde únicamente a Sinaloa y sí a la RepMex., cuando de por sí el país tiene de sobra sus halcones y sicarios desde los cerros de afuera a las lomas residenciales de adentro.
Así como existen leyes y hechos criminales como para sancionar, enjuiciar y sentenciar, el tiempo se nos va en encubrir, solapar y ahuecar el espacio entre los gobernantes, los gobernados y a los que siempre están fuera de la Ley y por más que se diga que nadie está por encima de la Ley, pues resulta que está abajo haciendo adobes para traficarlos con los que están encima de la Ley para sobornarlos, dedicándoles semanas de rating en los medios impresos, televisivos, radiofónicos y digitales para ver quién compra más y lee y escucha menos, porque nada de nadie y de alguien era cierto, verdad y pos(t)verdad, tal vez sí y/o quizás no, la pusverdad.
Ahora, un mundo más abierto y más cerrado a la vez, del capitalismo al fundamentalismo con los nacionalismos y los comunismos, no es el mejor mundo de hoy, mañana y pasado mañana, porque USA, Rusia, China y Corea del Norte nos tienen con el santo nuclear de las ojivas metidas al revés en las cabezas decapitadas del Estado Islámico y los Narcos-Sicarios, no hallando uno-un mundo adecuado a las expectativas políticas y electorales en el provincianismo de México ante y para qué mundo.
El mundo es lo que somos, y no hay espejos más grandes que el cielo y el mar para no andar preguntándonos y especulando quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos, qué hacemos y hacia dónde vamos de aquí, si no es acaso al caos de lo que somos en el mundo de gente que nos habitamos, nos explotamos, nos hacinamos, nos despojamos y nos parasitamos, y un día después que votemos para el 2018, murámonos de vergüenza con la autocrítica del martillo o del látigo, si es que todavía la tenemos para ese entonces, por haber votado en un país de sombras espectrales con más paladas de tierra, indiferencia e indolencia para los muertos, los desaparecidos y los desplazados, porque, los vivos, bien, gracias, a la desgracia nacional, de Pedro, El Infanticida.
Lo lamentable por patético es que Los Olvidados de Buñuel siguen olvidados con Los Hijos de Sánchez, de Lewis, no pudiendo encontrar a la matriarca ni al patriarca por ningún lado, lugar y sitio que, en lugar de ascender, descendemos, al no lugar que es un país (de y en) sombras espectrales, vuelta pa’tras o vuelta pa’delante, en el año 2018, casi como un destino obligado a confrontarlo en las urnas llenas con los muertos, los desaparecidos y los desplazados del 1968-1988-2000-2006-2012-2018: entre julio y octubre serán 50 (cincuenta) años de explotación y opresión como para luchar por la liberación social y nacional, y como para no justificarnos que hizo falta tiempo y espacio, condición y conciencia humana, cuando se ha tenido de sobra para la corrupción, la violencia, el crimen y la impunidad en el país de sombras espectrales.
La interrogante persiste: “¿En qué mundo se realizarían las elecciones de 2018?” Digamos que todo está dicho pero no hecho para el 2018, y para el 2018 será un mundo de dinero desde el INE a los partidos, no habiendo proceso electoral que aguante tanto dinero para la supuesta transparencia y la simulada rendición de cuentas, así como casi ningún ciudadano elector que nomás deslice su voto nomás porque la conciencia lo convencerá que votar es universal, libre y secreto.
La vida, después de todo, apremia y premia, habiendo plazos para que sí se cumplan en esos tiempos y espacios vivos y muertos en esos escenarios en que la condición humana es la conciencia del ser humano como ciudadano de la identidad y la pertenencia a una nación que si no ha cumplido con el servicio cívico de la ética y la moral, la credencial de Elector, únicamente, servirá para identificarse como un mexicano más en las estadistestificaciones del miedo, el fraude, el terror y el horror de los muertos, los desaparecidos y los desplazados, por siempre.
A los mexicanos, nos gusta La Historia porque cada vez que aprendemos de sus lecciones, las repetimos, una y otra vez, en los pensamientos, las palabras, los actos y los hechos.
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La Tijereta ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

jueves, 24 de agosto de 2017

AMLO, la emergencia de un progresismo moderado

Florencia Pagliarone y Ava Gómez


Andrés Manuel López Obrador (AMLO), candidato de MORENA a la presidencia de México, mantiene desde mayo del año un desempeño positivo en las encuestas electorales que le sitúan en torno al 17% de intención de voto, siendo el candidato con más opciones, seguido de Margarita Zavala (PAN) que toma una distancia de entre 3 y 5 [1] puntos porcentuales en las últimas mediciones. Pero las encuestas son también, para el liderazgo de AMLO y de MORENA (como la formación que alcanza la mayor intención de voto), armas de doble filo. Ello debido a la presencia del duopolio mediático (Televisa – TV Azteca) que siempre ha tendido a favorecer al bipartidismo (PRI-PAN) y que probablemente usará la sobreexposición de los sondeos para denostar al líder. Además, la posibilidad de que el vecino del norte recrudezca su política migratoria y postergue la renegociación del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), podría ser un nuevo elemento usado en contra de AMLO, arguyendo la defensa de los intereses económicos nacionales.
A principios de este año, AMLO mantuvo una gira por varias ciudades de Estados Unidos con el objetivo de construir un frente cívico en defensa de los inmigrantes, contra el racismo y la xenofobia.
La propuesta política antineoliberal y la lucha contra la corrupción, encarnada en el bipartidismo mexicano, es el marco discursivo que ha convertido al veterano candidato en un líder con potencial para dirigir un cambio político de grandes dimensiones en el país. Ello ha despertado una estrategia de deslegitimación focalizada, una vez más, en el “miedo”. Los liderazgos del PAN y el PRD se centran en amalgamar una coalición que no permita la llegada de una alternativa “populista”. En palabras de Ricardo Anaya del PAN: “Hay una alternativa que implica una regresión autoritaria al pasado, una alternativa que es francamente populista, destructiva y que representa Andrés Manuel López Obrador” [2].
Por su parte, para contrarrestar la campaña del miedo, López Obrador ha iniciado una gira por varios países latinoamericanos a fin de encontrar avales en el nivel regional, acercándose, principalmente, a aquellos gobiernos progresistas con menos cuestionamientos desde el establishment: Chile y Ecuador, y desmarcándose, a su vez, de Venezuela: “Nosotros no tenemos nada que ver con el gobierno de Venezuela, eso debe de quedar muy claro, pura calumnia” [3], dijo López Obrador en un mitin político en Jalisco. Por otra parte, a finales de agosto visitará EEUU donde presentará su libro Oye Trump, en el que habla de su experiencia con personas que han migrado de México al país del norte.
Durante el II Congreso Nacional Extraordinario de MORENA, AMLO ya había anunciado que era partidario de mantener una postura mesurada en política exterior, sin asumir posiciones protagónicas: “La política exterior que proponemos se sustentará en la aplicación de una buena política interior, en la seriedad, en la cautela diplomática, en el apego a los principios de autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de las controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los estados, la cooperación internacional para el desarrollo, la lucha por la paz, la defensa de los derechos humanos y la conservación del medio ambiente [4].
El interés de Andrés Manuel López Obrador es el de posicionarse como líder progresista en un escenario regional muy particular, en el que sus movimientos son poco estridentes y avanzan paulatinamente con la “seguridad” que le da tener aliados en el centro. Ello, sin embargo, genera dudas de si su liderazgo puede marcar una nueva etapa en la región en clave geopolítica.  
En este sentido, el objetivo de la gira de AMLO era dar a conocer la estrategia del partido Morena y posicionar su programa de gobierno, el cual tiene algunos puntos de sintonía y otros de clara diferenciación con Bachelet y con Moreno. AMLO promete que los jóvenes tendrán garantizado el derecho al estudio y el trabajo con el objetivo de integrarlos a las actividades académicas y laborales, un tema pendiente en el caso de Chile donde la Reforma Educacional terminó por ser excluyente con los jóvenes estudiantes en tanto el sistema de gratuidad universitario no incluye a todos los estudiantes sino solo a los sectores vulnerables [5]. Mientras que la lucha contra la corrupción es una bandera en común con Ecuador. AMLO ha declarado que “se eliminarán los fueros al Presidente y a los altos funcionarios públicos. Se propondrá una reforma al Artículo 108 de la Constitución para poder juzgar por corrupción al presidente en funciones. El ejemplo de honestidad se dará desde el gobierno y habrá un sistema eficaz anticorrupción con participación ciudadana”. [6]
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Notas
[1]http://eleconomista.com.mx/foro-economico/2017/08/09/lopez-obrador-puntero-las-encuestas

Florencia Pagliarone y Ava Gómez  son investigadoras de CELAG.

viernes, 18 de agosto de 2017

El narcotráfico en México es clase gobernante

Arsinoé Orihuela

En México y el extranjero es común que el público pregunte por qué en este país matan a los periodistas, desaparecen a los estudiantes, reprimen hasta la muerte a los maestros, asesinan a líderes comunales, persiguen con ferocidad a defensores de derechos humanos, ejecutan a centenares de miles de civiles inocentes etc. La respuesta con frecuencia acude al estribillo: “fue el narcotráfico”. Esta especie de “hipótesis” inoculada, basada en información filtrada inconexamente por la prensa, aunque es parcialmente cierta, tiene limitaciones u omisiones que conviene señalar.Una primera limitación (subjetiva) es que alimenta la creencia fetichizada de que el narcotráfico es un “agente balcanizador” que las fuerzas del Estado no consiguen domeñar o contener por impotencia o debilidad. Esta “creencia” desliza (subterráneamente) la falsa noción de que la sola participación-intervención de las instituciones significa, a priori o exprofeso, un freno a las formas ilegales de hacer negocios o política, que es una tesis que (al menos en México) no resiste el menor análisis.
Esto remite a la segunda omisión (objetiva): a saber, que en México la presencia de actores institucionales de alto rango es una constante en la ecuación de los negocios del narcotráfico. Casi por regla, las corporaciones de seguridad han estado dirigidas por civiles o militares sobre cuyas personas recaen sospechas de colusión (algunas probadas) con la delincuencia organizada, particularmente el narcotráfico: Miguel Nazar Haro, Mario Arturo Acosta Chaparro, Francisco Sahagún Baca, Jorge Maldonado Vega, Jesús Gutiérrez Rebollo, Oralio Castro Aparicio, Rafael Macedo de la Concha, Genaro García Luna, por mencionar algunos.
Y, por si esto fuera poco, sólo en el curso de la administración de Enrique Peña Nieto al menos 16 ex gobernadores han sido acusados (unos detenidos otros prófugos de la justicia) por numerosos delitos que involucran asociación ilícita con el narcotráfico: Roberto Borge (Quintana Roo); Javier Duarte de Ochoa (Veracruz); Flavino Ríos (Veracruz); Tomás Yarrington (Tamaulipas); Egidio Torre Cantú (Tamaulipas); Eugenio Hernández (Tamaulipas); Guillermo Padrés (Sonora); Luis Armando Reynoso Femat (Aguascalientes); Jesús Reina García (Michoacán); Fausto Vallejo (Michoacán); Humberto Moreira (Coahuila); Rubén Moreira (Coahuila); Rodrigo Medina (Nuevo León); Miguel Alonso Reyes (Zacatecas); Ángel Aguirre Rivero (Guerrero); Andrés Granier Melo (Tabasco).
Hay que recordar que algunos de estos exgobernadores forman parte de esa “flamante” generación política que el actual presidente, Enrique Peña Nieto, presentó como fieles representantes del “nuevo PRI” (Partido Revolucionario Institucional). Y tenía razón respecto a la fiel “representatividad” de estos personajes. Únicamente se equivocó al sugerir que se trataba de un nuevo viento.
Si no recuérdese el turbulento sexenio de Carlos Salinas de Gortari. El clan Salinas es acaso el referente más emblemático del poder político en México. Durante esa administración, el cártel del Golfo alcanzó una posición dominante en el universo del narcotráfico en México, prohijado por el blindaje institucional de la familia presidencial. Juan Nepomuceno Guerra, el fundador del cártel, era compadre de Raúl Salinas Lozano, padre de Carlos, el expresidente, y de Raúl Jr., el criminalmente célebre “hermano incómodo”, quien, por cierto, paso diez años en la cárcel (1995-2005) por el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu, y por otros delitos tales como lavado de dinero, enriquecimiento ilícito, nexos con el narcotráfico etc.
En 1999, un informe suizo ratificó estos contubernios delictuosos del clan Salinas: “Ya desde finales de la década de los setenta, los hermanos Carlos y Raúl Salinas de Gortari fueron introducidos en el negocio de las drogas por su padre Raúl Salinas Lozano, quien hubiese visto con más agrado a Raúl a la cabeza del Estado en México; sin embargo, se decidió a darle el apoyo necesario a su hijo Carlos, debido a que el modo de vida no loable de Raúl no le hubiese permitido ocupar un alto cargo en la política” (Proceso, 30-I-1999).
Dos años antes (1997), la procuradora de Suiza, Carla del Ponte, presentó un reporte que detallaba las conexiones de políticos mexicanos con la delincuencia organizada. De acuerdo con el testimonio de un informante protegido del cártel de Cali, en 1990 se celebró una reunión en México con diversos jefes criminales a la que acudieron “Arturo Acosta Chaparro, Francisco Quiroz Hermosillo, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa Patrón y José María Córdoba Montoya” ( sinembargo.mx 7-VIII-2015). Éste último fue el más cercano asesor de Carlos Salinas durante su mandato.
En 1997, Manlio Fabio Beltrones Rivera fue acusado por la DEA en Estados Unidos de brindar protección al cártel de Juárez de Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”. De acuerdo con el informe suizo antes referido, Emilio Gamboa Patrón negoció con el cártel del Golfo los 114 millones de dólares que fueron depositados a nombre de Raúl Salinas de Gortari en la banca de Suiza ( ibidem ). En la actualidad, Beltrones Rivera es el presidente del PRI, y Gamboa Patrón es el coordinador de la bancada priísta en el Senado.
Por último, una tercera omisión (también objetiva) en la que incurre aquel estribillo de “fue el narco” es que en México prevalece una tasa de impunidad de 95-100% respecto a todas las modalidades de delito (con minúsculas variaciones en las distintas entidades federativas); una cifra que, por sí sóla, da cuenta de un éxito formidable, en donde el objetivo de las instituciones no puede ser la justicia sino la impunidad.
En este sentido, la pregunta no es por qué México reporta estadísticas humanamente impresentables. Hasta un adolescente entiende que el “imperio de la ley” de “plata o plomo”, que es la ley del narcotráfico, comporta escenarios de terror, muerte y destrucción a gran escala.
La pregunta que urge formular en México es por qué el narcotráfico en México es clase gobernante.
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Fuente: https://lavoznet.blogspot.com.ar/2017/08/el-narcotrafico-en-mexico-es-clase.html