martes, 12 de diciembre de 2017

Diez tesis y un colofón sobre la candidatura de José Antonio Meade

Arsinoé Orihuela Ochoa

1. En un artículo publicado en junio del año en curso se dijo: “Lo que está en puerta, en la antesala de la elección de 2018, es la muerte asistida del único partido gobernante en México –el Partido Revolucionario Institucional. Pero atención: esta muerte anunciada no es por una potencial derrota del PRI en la elección del año entrante (eso todavía es difícil de prever), ni por un desterramiento de la cultura política que ese partido prohijó e instaló a sus anchas en un país condenado al clientelismo o el ostracismo o la muerte. El PRI-partido murió porque perdió esa facultad metalegal otrora incontestada: la selección, por dedazo ‘doméstico’, del ‘candidato-presidente’. En la elección de 2018, el candidato a la presidencia no será elegido por el partido sino por Estados Unidos”. José Antonio Meade, candidato ungido del PRI para la elección federal de 2018, es el subproducto de una negociación entre la fracción ultra-neoliberal del PRI –representada por el canciller de México Luis Videgaray Caso– y la administración de Donald Trump –representada por el consejero de la Casa Blanca Jared Kushner–. No es accidental que Meade –el candidato del PRI– ni siquiera sea un militante del partido (PRI). Le asistió la razón al uruguayo José Enrique Rodó cuando dijo, acaso proféticamente, que los partidos no mueren por causas naturales, sino que se suicidan. Así como Donald Trump es el harakiri del Partido Republicano y el régimen bipartidista estadunidense, José Antonio Meade es el harakiri del PRI y el régimen de partidos mexicano. 

2. El PRI ayudó a Donald Trump a conquistar el poder en Estados Unidos, tras aquella visita del ahora mandatario estadunidense a México que, por cierto, concertó, a espaldas del público, Luis Videgaray. En retribución, la administración de Trump asesora al PRI para conquistar la elección de 2018. Esto explica que el PRI apostara por un candidato ajeno al establishment partidista. El PRI está acudiendo a la misma fórmula del Partido Republicano: la postulación de un candidato “outsider” –José Antonio Meade– arrastrado por el último suspiro de la maquinaria partidaria.

3. José Antonio Meade es el fin del régimen de partidos en México. Algunos “apparatchiks de partido” querrán salvar el régimen apoyando a Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Ese “voto” discurrirá en la secrecía. AMLO es el costo que está dispuesto a pagar el Ancien Régime para conservar los privilegios inherentes a la partidocracia. ¡Qué ironía! AMLO pronunció aquella célebre consigna de “al diablo con las instituciones”. Y José Antonio Meade, 12 años después, consumó la petición. 

4. El neoliberalismo consiste en alejar cada vez más al (hipotético) representante del (hipotético) representado. José Antonio Meade, un tecnócrata que nunca fue investido con un cargo de elección popular, es la fase superior de ese divorcio. Los ideólogos liberales lo saben. Pero en la próxima elección, por “chayotismo” o “maiceo”, van a callar.

5. La campaña electoral de José Antonio Meade acudirá al estribillo de la falsa antinomia neoliberal: el regreso al pasado vs. la modernización desideologizada . Porque en eso han sido extraordinariamente exitosos los neoliberales: en calificar de ideología todo lo que precedió al neoliberalismo. En este sentido, la propaganda pro-meadista consistirá, casi unívocamente, en advertir acerca de un posible (y peligroso) retorno al pasado (nacionalismo). Es decir, traficará con la falsa disyuntiva: nacionalismo ideológico vs. modernidad apolítica, sin reparar que esa modernidad apolítica es ideología (dominante), y disfrazando un axioma que cada vez cobra más verosimilitud: a saber, que el neoliberalismo es la continuidad del nacionalismo priista tardío.

6. José Antonio Meade es un cachorro de la ortodoxia neoliberal salinista. La ortodoxia neoliberal salinista tiene dos columnas: uno, narcotráfico; y dos, militarismo.

7. Con el ascenso de Donald Trump al poder en Estados Unidos, México tránsito de un país terciarizado a un país esclavizado, por cortesía de los gobiernos neoliberales y nacionalistas tardíos, que ahora, desesperados por reorganizar la autoridad, acuden –como ya en hecho en otras oportunidades– al narcotráfico y el militarismo para reproducir las estructuras de poder. José Antonio Meade es el candidato del narcotráfico y el militarismo. No es fortuito que unos días después del “destape” la cámara de diputados aprobara la Ley de Seguridad Interior, que significa la utilización del ejército –agente histórico del narcotráfico en México– para fines de seguridad pública (léase narcomilitarización). 

8. José Antonio Meade es el último eslabón de un golpe de estado continuado cuya génesis remonta a la “caída del sistema” en 1988, y que acarreó a México a la pulverización de la soberanía en beneficio irrestricto de Estados Unidos, y a una guerra contra los pueblos disfrazada de guerra contra el narcotráfico. 

9. José Antonio Meade, como Donald Trump, es una criatura del “tercer espíritu del capitalismo” , que se define, entre otras cosas, por la incorporación de una (seudo) crítica contra los desenfrenos del capitalismo, señaladamente la corrupción de los políticos, a fin de allanar (ideológicamente) el ascenso al poder público de los autócratas tecnócratas: a saber, personajes como Meade (o Trump) que gobiernan sin soberano popular y al servicio exclusivo de la técnica de la hiperacumulación. 

10. José Antonio Meade es la carta de defunción del Estado liberal mexicano. 

11. Colofón: “Patria o muerte” no es una consigna. Es un diagnóstico. 
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Afores: clásicas empresas buitre


Miguel Ángel Ferrer
Cada día que pasa es mayor la proporción de ancianos en México. Según algunos criterios sociodemográficos, son ancianos las personas mayores de 60 años. Pero otros criterios, como la edad internacional de jubilación ubican la ancianidad a partir de los 65 años. 

Esa mayor proporción de viejos en la estructura poblacional tiene una causa fundamental: el avance científico y tecnológico, sobre todo en las áreas médicas, que ha conducido a una severa caída en la natalidad y a un aumento muy considerable en la esperanza de vida. La combinación de ambos fenómenos ha generado menos población infantil y juvenil y mayor población de ancianos.

Si hace cincuenta años el problema demográfico central era el exceso relativo de niños, ahora ese problema central es el exceso relativo de viejos. A unos y a otros hay que proveerlos, sin contraprestación alguna, de diversos satisfactores imprescindibles para la vida: alimentos, medicinas, servicios hospitalarios.

Pero, en general, a los infantes los proveen de esos satisfactores sus padres, mientras que, aunque la ley lo establece, es muy difícil y extraño que los hijos provean a sus padres ancianos de esos bienes y servicios.

De modo que, también en general, la ancianidad es la edad del desamparo. Para sobrevivir el viejo no tiene más recursos, cuando los tiene, que una muy pequeña pensión. Según la siniestra Consar (Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro) esa ínfima pensión sólo llega a los dos mil pesos mensuales. En el caso de los ancianos de la Ciudad de México, a esos dos mil pesos (cuando los hay) se suman los mil pesos que aporta a cada anciano mayor de 70 años el gobierno de la urbe.

Ante esta dolorosa realidad que los ahora jóvenes van a vivir tarde o temprano es necesario acudir al expediente del ahorro. Porque, como dice el refrán español, “el que come y deja, dos veces pone la mesa”.

Este ahorro puede consistir en dinero o en una o más propiedades inmobiliarias: una casa, un departamento o un terreno que, en caso de necesidad, pueda venderse y que con el producto de la venta pueda vivir el anciano los últimos años de su existencia. En el ahorro, pues, está la clave de una vejez sin carencias y sin angustias.

En México, para el caso de los trabajadores tal ahorro puede ser voluntario o forzoso. La ley establece un mecanismo para esta última situación: el Sistema de Ahorro para el Retiro. Los ahorros del trabajador se depositan en una empresa privada llamada Administradora de Fondos para el Retiro (Afore). Teóricamente esta Afore guarda el dinero del ahorrador y puede invertirlo a fin de que esos recursos tengan un rendimiento que incremente el monto de lo ahorrado.

También teóricamente, ese dinero se le entregará al trabajador cuando cumpla 65 años: los ya dichos dos mil pesillos mensuales. Pero un mínimo de sensatez aconsejaría no incrementar ese ahorro forzoso con ahorros voluntarios.

Ciertamente, el trabajador debe ahorrar lo más que pueda. Pero debe tener cuidado de no poner voluntariamente sus recursos en una cuenta afore sobre la que no ejerce ningún control. Nada ni nadie garantiza que al cabo de cuarenta o cincuenta años, si para entonces todavía existen o no han quebrado o no han huido, esas clásicas empresas buitre que son las Afores reintegren el dinero ahorrado a sus legítimos dueños.

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Blog del autor: www.economiaypoliticahoy.wordpress.com